Introducción: El deseo de una vida plena

La pregunta de aquel hombre del Evangelio de Marcos 10, 17-21 está dentro de cada uno de nosotros: ¿Cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? Jesús responde: «Ya sabes los mandamientos» (v. 19) y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el que Jesús quiere guiar a un lugar preciso a cada uno de nosotros.

Primera Palabra: No tendrás otros dioses fuera de mi

¿Quién es realmente mi Dios? ¿Es el Amor Uno y Trino o es mi imagen, mi éxito personal?. “La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios”
(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113).

Segunda Palabra: No tomarás en falso el nombre de Yahveh, tu Dios

La versión «No tomarás» traduce una expresión que significa literalmente, en hebreo y en griego «no lo tomarás sobre ti, no te harás cargo». La expresión «en falso» es más clara y quiere decir: «en vacío, vanamente». Hace referencia a una carcasa vacía, a una forma privada de contenido. Es la característica de la hipocresía, del formalismo y de la mentira, del usar palabras o usar el nombre de Dios, pero vacío, sin verdad.
(Éxodo 20, 7).

Tercera Palabra: El día séptimo es de descanso para Yahveh, tu Dios

El viaje a través del Decálogo nos lleva hoy al mandamiento sobre el día de descanso. Parece un mandamiento fácil de cumplir, pero es una impresión equivocada. Descansar de verdad no es sencillo, porque hay descanso falso y descanso verdadero. ¿Cómo podemos reconocerlos?

Cuarta Palabra: Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días y seas feliz.

En el viaje al interior de las Diez palabras llegamos hoy al mandamiento sobre el padre y la madre. Se habla del honor debido a los padres. ¿Qué es este «honor»? El término hebreo indica la gloria, el valor, literalmente el “peso”, la consistencia de una realidad. No es cuestión de formas exteriores sino de verdad. Honrar a Dios, en las Escrituras, quiere decir reconocer su realidad, hacer las cuentas con su presencia; eso se expresa también con los ritos, pero implica sobre todo dar a Dios el justo puesto en la existencia. Honrar al padre y a la madre quiere decir de todos modos reconocer su importancia también con hechos concretos, que expresen dedicación, efecto y cuidado.

Quinta Palabra: No Matarás.

Ya hemos subrayado cómo este mandamiento revela que a los ojos de Dios la vida humana es valiosa, sacra e inviolable. Nadie puede despreciar la vida de otros o la propia; el hombre, de hecho, lleva en sí la imagen de Dios y es objeto de su amor infinito, cualquiera que sea la condición en la que ha sido llamado a la existencia.

Sexta Palabra: No cometerás adulterio.

Esta Sexta Palabra nos llama a dirigir la mirada a Cristo, que con su fidelidad puede sacar de nosotros un corazón adúltero y darnos un corazón fiel. En Él, y solo en Él está el amor sin reservas ni replanteamientos, la entrega completa sin paréntesis y la tenacidad de la acogida hasta el fondo. De su muerte y resurrección deriva nuestra fidelidad, de su amor incondicional deriva la constancia en las relaciones. De la comunión con Él, con el Padre y con el Espíritu Santo deriva la comunión entre nosotros y el saber vivir nuestros vínculos en la fidelidad.

Séptima Palabra: No robarás.

Cada riqueza, para ser buena, tiene que tener una dimensión social. En esta perspectiva, aparece el significado positivo y amplio del mandamiento «No robarás». «La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia» (ibíd.). Nadie es dueño absoluto de los bienes: es un administrador de los bienes. La posesión es una responsabilidad. «Pero yo soy rico en todo…» —esta es una responsabilidad que tienes. Y todo bien arrebatado a la lógica de la Providencia de Dios traiciona, traiciona en el sentido más profundo. Lo que verdaderamente poseo es lo que sé donar.

Octava Palabra: No darás testimonio falso contra tu prójimo

Los cristianos no somos hombres y mujeres excepcionales. Sino que somos hijos del Padre celestial, el que es bueno y no nos decepciona y pone en su corazón el amor por los hermanos. Esta verdad no se dice tanto con los discursos, es un modo de existir, un modo de vivir y se ve en cada obra (cf. Santiago 2, 18). Pero se comporta como verdadero, como verdadera. Dice la verdad, actúa con la verdad. Un hermoso modo de vivir para nosotros. La verdad es la revelación maravillosa de Dios, de su rostro de Padre, es su amor sin fronteras. Esta verdad corresponde a la razón humana pero la supera infinitamente, porque es un don bajado a la tierra y encarnado en Cristo crucificado y resucitado; esto es visible para quien le pertenece y muestra sus mismas aptitudes.