Introducción

Las tres actitudes frente al deseo:  Adictos, estoicos y místicos. Divinización y evolución del deseo: Vía purgativa, Vía iluminativa, Vía unitiva.

Los siete pecados capitales, anhelos divinos

La Abundancia

Si deseamos la felicidad, Dios anhela aún más llenarnos corazón y alma de dicha, que supera las expectativas humanas.

Por otra parte, la fuente de felicidad guarda estrecha relación con el anhelo divino de abundancia.

Dignidad

El anhelo divino de dignidad: aquí encontramos otros dos caminos, la envidia, por la cual podemos caer en el error de buscar las cosas de este mundo, y creer que eso es suficiente para ser feliz, y, por otra parte, la amabilidad, uno de los frutos del Espíritu (Ga. 5, 22-23), signo de nuestro vínculo personal con Dios y que nos re descubre el sentido de dignidad.

El anhelo divino de Justicia:

Para satisfacer esta necesidad encontramos el camino de la ira, como manera de reaccionar ante una sensación normal como el enfado y llevar a cabo nuestra propia justicia, o el de la paciencia, que nos mueve a buscar refugio en Dios y a tener claro cuál es el objetivo supremo al que aspiramos.

El anhelo divino de Paz:

El anhelo divino de paz: de nuevo se nos presenta el camino fácil y sin esfuerzo para satisfacer superficialmente este anhelo mediante la pereza, un insana indiferencia que lo empeora y hace todo gris, y, por otra parte la diligencia, que nos ayuda a materializar este anhelo mediante la puesta en práctica de los dones que Dios nos ha concedido.

El anhelo divino de Confianza:

El anhelo divino de confianza: este anhelo puede ser malogrado por el miedo a confiar, lo que nos lleva a agarrarnos demasiado a otras cosas, lo que desemboca en la avaricia, mientras que la generosidad conlleva la necesidad de confiar en Dios.

El anhelo divino de Bienestar:

El anhelo divino de bienestar: aunque muchos no lo crean, el anhelo de bienestar es algo puesto por Dios en nosotros, solo que tenemos que saber dirigirlo, hacia la gula, es decir, una forma inconsciente y descontrolada de satisfacer ese anhelo, o hacia la templanza, que nos permite encontrar la estabilidad para hallar el equilibrio que nos mantiene en el camino a Dios.