Carta
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Queridos padres y apoderados:
Me dirijo a ustedes con afecto y agradecimiento por la hermosa y exigente misión que tienen entre manos: acompañar y custodiar el crecimiento de sus hijos, educarlos y ayudarlos a descubrir el valor de la propia vida y la de los demás y ponerla al servicio de la comunidad. Sé de sus esfuerzos y sacrificios. Los conozco muy de cerca y siempre han sido motivo de mucha admiración.
Soy consciente de que –en el contexto actual– la tarea de educar es en extremo desafiante. Muchas familias viven jornadas extensas de trabajo, atraviesan preocupaciones económicas y experimentan el cansancio y las dificultades propias de las relaciones interpersonales. La incertidumbre y las múltiples exigencias se manifiestan cotidianamente. Por eso, estas palabras no pretenden ser un juicio ni una carga más; por el contrario, quisiera invitarlos a mirar juntos una realidad que nos preocupa y nos duele profundamente: la violencia que afecta a tantas de nuestras comunidades educativas.
Nos preocupan las agresiones, las amenazas, la exclusión, así como la violencia que se prolonga en las redes sociales y los grupos de mensajería. Estamos frente a un problema urgente, pues está en juego la dignidad de nuestros niños y jóvenes, junto con el cuidado de la calidad de las relaciones humanas en nuestras comunidades.
León XIV advierte –al igual que psiquiatras y psicólogos– que los dispositivos digitales y las redes sociales pueden afectar negativamente tanto a niños como a jóvenes, pues alteran su sueño, su atención, su regulación emocional y su deseo de vínculos humanos. A ello se suma la exposición a la pornografía, a escenas violentas y a una hipersexualización de la realidad que normaliza comportamientos de riesgo. El asunto es grave, porque limita la formación que entregan padres y profesores y, a la vez, mengua su autoridad. Por eso el Papa aboga por legislaciones que establezcan límites, que responsabilicen a los proveedores de esos contenidos y que se ocupen de proteger el delicado y hermoso proceso educativo. Ya estamos atrasados en esta materia, pues la técnica avanza a una velocidad muy superior a la de la reflexión ética y la respuesta legislativa. Ello resulta especialmente delicado, porque la regulación actual deja vacíos por donde pueden filtrarse muchos contenidos nocivos para los menores de edad1.
1 Cf. León XIV, Magnifica Humanitas (2026), 141-142.
Muchas veces la escuela es donde la violencia se hace visible, pero no es el lugar donde comienza. En su reciente encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV nos recuerda la urgencia de una alianza educativa renovada, capaz de formar en la sobriedad, de educar en el reconocimiento del derecho de los otros, en la libertad y la responsabilidad, así como en el sentido de la trascendencia y del bien común2. Esa alianza comienza cuando la familia y la escuela dejan de mirarse con sospecha y vuelven a reconocerse como colaboradoras en una misión común. Esto en un mundo digitalizado es clave, por la amenaza que representan en algunas ocasiones las redes sociales y dispositivos. Dice el Papa en la encíclica anteriormente mencionada: “Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin el control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones en los jóvenes, exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso"3.
Los invito a dar juntos una respuesta formativa, humana y cristiana a este gran desafío. Una respuesta que no se agote en normativas, sanciones o campañas –por necesarias que ellas sean–, sino que apunte a la raíz: la promoción de una sana convivencia, el cuidado de los vínculos y el modo en que estamos formando a nuestros hijos para convivir en una sociedad que experimenta cambios constantes y a gran velocidad. En este contexto, el Papa León XIV nos recuerda que la tarea educativa no puede recaer exclusivamente sobre las familias, afirmando que son necesarias "intervenciones legislativas que establezcan límites de edad, responsabilicen a los proveedores de servicios ―sin descargar, sobre las familias, el peso de la limitación―", porque la educación y protección de nuestros niños y jóvenes exige una verdadera alianza entre las familias, las comunidades educativas y la sociedad en su conjunto4.
A continuación, les ofrezco tres conceptos que nos pueden ser útiles para llevar adelante esta reflexión: el amor, la vocación y la reparación.
2 Cf. León XIV, Magnifica Humanitas (2026), 147. 3 León XIV, Magnifica Humanitas (2026), 141. 4 Cf. León XIV, Magnifica Humanitas (2026), 142.
Sobre esta lectura
Cardenal Fernando Chomali · Julio de 2026. Texto del PDF original conservado en esta biblioteca, organizado en secciones para facilitar la lectura. Se mantienen el contenido y las notas; se retiran únicamente elementos repetidos de paginación. Consulte el PDF original para su composición gráfica.
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