Capítulo 1
Recuerdos de infancia
A Vuestra Reverencia, madre querida, a Vuestra Reverencia, que es dos veces mi madre, confío la historia de mi alma. El día en que me la pidió, temí que se disipara mi corazón; pero desde entonces acá me ha hecho comprender Jesús que obedeciendo con sencillez le sería agradable. Comenzaré, pues, a entonar el cántico que repetiré eternamente: ¡Las misericordias del Señor! Antes de tomar la pluma, heme postrado ante aquella imagen de María Santísima que tantas pruebas ha dado a mi familia de la maternal preferencia de la Reina del Cielo; le he suplicado que guíe mi mano para que no trace ni una sola línea que no sea de su agrado; he abierto luego los Santos Evangelios, tropezando mis ojos con estas palabras: “Subiendo Jesús a un monte, llamó a sí a aquellos que plugo”. Muy claro se ve aquí el misterio de mi vocación, el de mi vida entera, sobre todo el misterio de los privilegios de Jesús en mi alma. No llama el Señor a los que son dignos, sino a quienes le place. Según dice la Escritura: “Dios se compadece de quienes quiere y usa de misericordia con quien le place hacerlo”. “No obra por sí el que quiere ni el que corre, sino Dios que le hace misericordia”.
Durante mucho tiempo me pregunté por qué tenía Dios sus preferencias: por qué no repartía por igual sus mercedes. Extrañaba yo verle prodigar favores extraordinarios a pecadores tan grandes como Pablo, Agustín, María Magdalena y tantos otros a quienes obligaba, por decirlo así, a recibir sus gracias. Cautivábame también la atención, al leer la vida de los santos, ver cómo acariciaba el Señor a ciertas almas desde la cuna al sepulcro, apartándoles del camino todos los obstáculos que les impedían llegar a El, sin permitir que el pecado empañara jamás el nítido esplendor de su vestidura bautismal. Me preguntaba a mí misma por qué los pobres salvajes, por ejemplo, mueren casi todos sin haber podido siquiera pronunciar el nombre de Dios.
Jesús se dignó ilustrarme acerca de este misterio. Puso ante mi vista el libro de la naturaleza y vi que todas las flores por El creadas eran hermosas; que el esplendor de la rosa y la blancura de la azucena no amenguan en nada el perfume de la humilde violeta, ni quitan nada a la sencillez encantadora de la margarita. Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, perdería la naturaleza su galanura primaveral y ya no estarían los campos esmaltados de florecitas. Lo mismo ocurre en el jardín animado del Señor, en el mundo de las almas, pues a semejanza de las rosas y azucenas, le plugo crear los grandes santos; mas también creó otros más pequeños, que se contentaran con ser humildes violetas, o sencillas margaritas destinadas a recrear sus divinos ojos cuando los inclina a sus pies. Cuanto más las flores se gozan en hacerla voluntad divina, tanto más perfectas son.
Comprendí además otra cosa... y es que el amor de Nuestro Señor revélase lo mismo en el alma más sencilla, que no opone ningún obstáculo a su gracia, que en la más sublime. En efecto, propio del amor es humillarse; si todas las almas se asemejan a las de los santos Doctores que iluminaron la Iglesia, parece que Dios no descendería bastante bajo llegándose a ellas. Pero ha creado también al niño desvalido, que nada sabe sino gemir débilmente; ha creado al pobre salvaje, sin más brújula para gobernarse que la ley natural, y hasta a esos corazones se digna bajar. Estas son las flores del campo, cuya sencillez le enamora; y por el solo hecho de descender tan bajo, muestra el Señor su infinita grandeza. A la manera como el sol alumbra a la vez el alto cedro y la florecita, ilumina el Astro divino a cada alma en particular, sea grande o pequeña, y todo lo encamina a su bien; al igual que en la naturaleza, están dispuestas las estaciones, de manera que a su debido tiempo florezca hasta la más humilde margarita.
Sin duda se preguntará sorprendida, Madrecita mía, ¿a dónde quiero ir a parar con estos preámbulos que en nada se relacionan con mi vida; pero ¿no me ha ordenado que exprese sin trabas de ninguna especie lo que naturalmente me venga al pensamiento? No es, pues, mi vida propiamente dicha la que encontrará en estas páginas, sino más bien mis pensamientos acerca de las gracias que se ha dignado concederme Nuestro Señor. Me encuentro en aquella época de mi existencia en que puedo echar una ojeada alo pasado; ha madurado mi alma en el crisol de las pruebas interiores y exteriores. Hoy, cual la flor después de la tormenta, levanto la cabeza y veo realizarse conmigo las palabras del salmo: “El Señor es mi Pastor; nada me faltará. El me hace descansar en pastos amenos y fértiles; me lleva suavemente a lo largo de las aguas. Conduce mi alma sin cansarla... Pero aunque bajase al valle de la sombra de la muerte, no temería ningún desastre, porque tú estarás conmigo, Señor”.
Sí, siempre ha sido el Señor conmigo “compasivo y benigno, tardo en airarse, y de gran clemencia”. Por tanto, es dicha verdadera para mí celebrar sus inefables beneficios al referirlos a Vuestra Reverencia, Madre mía. Voy, pues, a escribir la historia de esta florecilla recogida por Jesús, mas para Vuestra Reverencia solamente; con esta convicción, hablaré con entera confianza, sin cuidarme del estilo ni de las muchas disgresiones que haré; el corazón de una Madre entiende siempre a su hija, aunque sólo sepa ésta balbucear; tengo la seguridad de que Vuestra Reverencia me comprenderá y me adivinará, por ser la que ha formado y ofrecido a Jesús mi corazón.
Si una florecita tuviera el don de la palabra, me parece que diría con sencillez cuánto ha hecho Dios por ella, y no intentaría ocultar sus dones. So pretexto de humildad, no dirá que carece de gracia y de fragancia; que el sol ha descolorido su esplendor y la tormenta tronchó su tallo, teniendo la convicción de que es todo lo contrario. La flor que va a referir su historia se regocija al tener que publicar las atenciones verdaderamente gratuitas de Jesús. Reconoce que nada había en ella capaz de atraer sus divinas miradas; que sólo su misericordia la ha colmado de bienes. El es quien la hizo nacer en una tierra santa, saturada de fragancia virginal; El es quien la hizo preceder de ocho azucenas resplandecientes de blancura. Su amor quiso preservarla del envenenado soplo del mundo; y cuando apenas comenzaba entreabrirse su corola, la trasplantó el buen Maestro en la Montaña del Carmen, selecto jardín de la Virgen María.
En breves palabras acabo de resumir lo que Dios ha hecho conmigo, Madre mía; entraré ahora en los detalles de mi infancia; sé que para cualquiera otra persona resultaría enojosa esta relación, pero su corazón de Madre se complacerá en leerla. Además, los recuerdos que voy a citar son también los suyos; ya que pasé a su lado mi infancia y tuve la dicha de pertenecer a los piadosos padres que nos rodearon de los mismos cuidados y ternuras. ¡Dígnese bendecir a la menor de sus hijas y ayúdela a cantar las divinas misericordias!
Hasta mi entrada en el Carmen, distingo en la historia de mi alma tres períodos muy bien determinados: a pesar de su corta duración, no es el primero el menos fecundo en recuerdos; abarca desde el despertar de mi corazón hasta la partida de nuestra madre a la patria celestial, es decir, hasta la edad de cuatro años y ocho meses.
Dignose Dios abrir mi inteligencia muy temprano y grabar tan profundamente en mi memoria los recuerdos de la infancia, que esos sucesos pasados me parecen ocurridos ayer. Sin duda quería Jesús darme a conocer y apreciar la madre incomparable que me diera. ¡Ay!, su mano divina pronto me la arrebató para coronarla en el. cielo.
El Señor se ha complacido en rodear de cariño mi vida entera; mis primeros recuerdos están llenos de las más tiernas sonrisas y caricias. Mas no sólo colocó junto a mí tanto amor, sino que también lo infundió en mi corazoncito, haciéndolo tierno y sensible. ¡No es posible imaginar hasta qué punto amaba yo a mi padre y a mi madre! Mi índole, naturalmente expansiva, les demostraba este amor de mil maneras; hoy no puedo menos de reírme al recordar los medios que empleaba en aquella época de mi vida.
Vuestra Reverencia se ha servido, Madre mía, entregarme las cartas que mamá le dirigía cuando Vuestra Reverencia era educada en la Visitación de Le Mans; recuerdo perfectamente los hechos que en ellas refiere, pero me será más fácil citar sencillamente algunos párrafos de estas lindas cartas, a veces demasiado lisonjeras para mí como dictadas por el amor maternal.
He aquí algunas líneas de mamá, en confirmación de lo que yo hacía respecto al modo de demostrar mi cariño a mis padres:
¡La chiquitina es un diablillo sin rival, que me acaricia deseándome la muerte! “¡Ah, cuánto me gustaría que te murieras, pobre mamita mía!”, y al reprenderla por tan extrañas palabras, contesta con aire muy sorprendido: “¡Pero si yo lo digo para que te vayas al cielo; ya que tú afirmas que para ir allá ha de morirse uno!” Cuando la dominan estos extremos de amor también le desea la muerte a su padre.
Esta hija de mi alma no me quiere dejar un momento. Continuamente está pegada a mí; a todas partes me sigue con alegría, particularmente al jardín; pero no quiere quedarse en él si yo no estoy con ella; llora de tal manera que se ven obligados a traérmela. No hay quien le haga subir escaleras solita, si no es llamándome a cada ocasión: “¡Mamá!, ¡mamá!” Tantos escalones, tantos mamá. Y si, por desgracia, dejo de contestarle una sola vez: “¡Aquí estoy, hijita mía!” se para en seco, sin avanzar ni retroceder un paso..
Iba yo a cumplir tres años cuando escribía mi madre lo siguiente:
El otro día me preguntaba Teresita si iría al cielo: “Si eres muy buena, sí que irás”, le contesté. “Ay, mamá —replicó—, entonces, si no fuera buena, ¿me tría al infierno...? Pero yo haría una cosa: me iría volando a juntarme contigo que estarías en el cielo, y tú allí me apretarías muy fuerte en tus brazos y, ¿cómo se arreglaría Dios para separarme? Leí claramente en sus ojos que estaba persuadida de que Dios nada podría con ella st se escondía en los brazos de su madre.
María ama mucho a su hermanita, porque es una niña que a todos nos da muchas alegrías. Es su franqueza extraordinaria; graciosísimo es verla correr tras de mí para hacerme su confesión: “Mamá, he empujado a Celina una vez; le he pegado una vez, pero no volveré a hacerlo más”.
En cuanto comete la menor travesura, ha de enterarse todo el mundo. Ayer, porque rasgó sin quererlo una esquinita del papel de la pared, daba lástima ver cómo se puso, pidiendo además que se lo dijeran al punto a su padre. Cuando entró éste en casa, cuatro horas después de lo sucedido, nadie se acordaba ya de nada; pero ella corrió a decirle a María: “Cuéntale pronto a papá que he rasgado el papel”. Y allí estaba como un criminal que espera su condena, pues se le ha metido en la cabecita que si se acusa la perdonarán más fácilmente.
Al ver aquí el nombre de mi querido papá, me vienen espontáneamente a la memoria ciertos recuerdos muy alegres. Siempre que entraba en casa, corría invariablemente a su encuentro, me sentaba en una de sus botas, y en esta posición me paseaba por las habitaciones y por el jardín todo el tiempo que se me antojaba. Decía mi madre riendo que hacía siempre mi santa voluntad, y él contestaba: ¿Qué quieres?, ¡si es la reina! Y estrechándome en sus brazos, me besabá y acariciaba de mil maneras.
Mas de ningún modo puedo decir que me mimara. Recuerdo muy bien que un día me columpiaba jugueteando, pasó él y me llamó diciéndome: ¡Ven a darme un beso, reina mía! Contra mi costumbre, no quise moverme, y le respondí con aire revoltosillo: Moléstate en venir, papá. Se marchó sin hacerme caso, e hizo muy bien. Pero María, que se hallaba presente, me dijo: Chiquilla mal educada, ¿cómo se permite contestar así a su padre? La lección hizo efecto; salté al punto del fatal columpio, y en toda la casa resonaron mis acentos de contrición. Subí corriendo la escalera, mas esta vez sin gritar mamá a cada escalón; mi único pensamiento era hallar a mi papá y reconciliarme con él, lo cual fue cuestión de un momento.
No podía soportar un momento la idea de haber contristado a mis amadísimos padres, y reconocer mis faltas era cosa de un instante, como lo demuestra este otro rasgo de mi infancia relatado tan al natural por mi misma madre:
Una mañana quise besar a Teresita antes de bajar. Como me parecía profundamente dormida en su camita, no me atrevía a despertarla; pero me dijo María: “¡Estoy segura de que se hace dormida mamá!” Entonces me incliné para besarla en la frente; mas se escondió precipitadamente debajo de las sábanas, diciéndome con tono de niña mimada: “No quiero que me vean”. Esto me desagradó bastante y se lo dia entender. No habían transcurrido dos minutos, cuando la oí llorar y de pronto, con gran sorpresa mía, la vi a mi lado. Había saltado solita de la cama; había bajado la escalera con los pies descalzos, enredándose en su camisa de dormir, más larga que ella; y con la carita inundada de lágrimas me dijo, echándose a mis pies: “¡Mamá, mamá, he sido mala, perdóname!” ¡Bien pronto quedó perdonada! Tomé en brazos a mi querubín y estrechándola contra mi corazón, lo cubrí de besos.
Recuerdo también el grandísimo cariño que sentí desde entonces por mi querida madrina” que acababa de terminar sus estudios en la Visitación. Sin darlo a entender fijaba mi atención en todo lo que pasaba y decían en torno mío; me parece que juzgaba las cosas tal como ahora. Estaba muy atenta de lo que mi madrina enseñaba a Celina y para alcanzar el favor de ser admitida en su cuarto durante las lecciones estaba muy quieta y le obedecía en todo. En recompensa, me colmaba de regalos, los cuales a pesar de su poco valor, me proporcionaban grandísima alegría.
Verdaderamente sentíame orgullosa y satisfecha de mis dos hermanas mayores; pero como me parecía que Paulina estaba muy lejos, todo el santo día no pensaba sino en ella. Cuando apenas empezaba a hablar, y me preguntaba mi madre: ¿En qué piensas?, invariablemente le respondía: En Paulina. Oía decir a veces que Paulina sería monja, y sin saber a punto fijo lo que significaba esto, pensaba: ¡Yo también seré monja! Este es uno de mis primeros recuerdos; desde entonces jamás cambié de resolución. El ejemplo de esta querida hermana fue, pues, lo que me llevó desde la edad de dos años, en pos del celestial Esposo de las vírgenes. ¡Cuántos dulces recuerdos quisiera confiarle aquí, Madre mía, acerca de mis relaciones con Vuestra Reverencia! Pero me extendería demasiado...
Mi querida Leonia ocupaba también lugar preferente en mi corazón; me quería mucho y cuando volvía de clase, al anochecer, mientras la familia estaba de paseo, se quedaba conmigo; todavía me parece escuchar su dulce voz y las bonitas cantinelas que me cantaba para hacerme dormir. Recuerdo perfectamente la ceremonia de su Primera Comunión. Mi madre, siguiendo la piadosa costumbre de las familias acomodadas de Alenzón, visitó a una niña pobre, que fue la compañera de mi hermana en aquel bendito día. También me acuerdo muy bien de ella; no se separó un instante de Leonia, y por la tarde en el convite de la familia, le reservaron el sitio de honor. Desgraciadamente era yo demasiado pequeña para asistir a aquel piadoso festín, pero algo participé de él, gracias a la bondad de mi padre, que a la postre fue a llevar a su reinecita su parte del gran pastel.
Réstame ahora hablar de mi compañera de infancia, de mi Celina. Son tantísimos los recuerdos que conservo de ella, que no sé cuáles escoger. Las dos nos entendíamos perfectamente, pero yo era mucho más viva y menos ingenua que ella. La siguiente carta le recordará Madre mía, a qué extremo llegaba su dulzura y a qué otro mi malignidad. Tenía yo entonces cerca de tres años y Celina seis y medio.
“Mi Celinita es muy inclinada a la virtud; en cuanto al huroncito, no se sabe aún qué tal será ¡Es tan chiquitín y tan atolondrado! Es una niña muy inteligente, pero su carácter es mucho menos manso que el de su hermana, y sobre todo su terquedad es casi invencible. Cuando dice que no, nada la hace ceder; pasaría todo el día y la noche entera encerrada en el sótano, antes de decir que sí”.
Tenía yo además un defecto que no mencionaba mi madre en sus cartas, tal era un amor propio excesivo. Como muestra, citaré dos ejemplos:
Un día, queriendo probar mi madre hasta dónde llegaba mi orgullo, me dijo sonriendo: Teresita, si besas el suelo, te daré diez centavos. Esto era para mí una fortuna, y para ganarla en aquella ocasión, no tenía que rebajar mucho mi grandeza, pues mi exigua personita se elevaba muy poco sobre el suelo. Esto no obstante, se rebeló mi orgullo, y poniéndome muy tiesa, contesté a mamá: ¡oh, no, mamita, prefiero quedarme sin los diez centavos!
En otra ocasión habíamos de ir a casa de unos amigos que vivían en el campo. Mamá le dijo a María que me pusiera mi mejor vestidito, recomendándole que no me dejara los brazos al aire. No repliqué ni una palabra y hasta demostré la indiferencia que deben tener los niños a esa edad; pero pensé interiormente: Hubiera estado mucho más linda con mis bracitos al aire.
Me hago cargo muy bien de que, con semejante naturaleza, de no haber sido educada por padres virtuosos, hubiera sido muy mala andando el tiempo, y aun quizá me hubiera condenado eternamente. Pero Jesús velaba por su pequeña esposa, e hizo que todos esos sus defectos se volviesen provechosos para ella, pues combatidos a tiempo, le sirvieron para adelantar en la perfección. Efectivamente, bastaba que me dijeran una sola vez: Tal cosa no se hace, para que el amor propio y el amor al bien me impidieran volver a hacerla. Por las cartas de mi querida mamá, veo con gusto que, conforme iba creciendo, le daba más consuelos; los buenos ejemplos que tenía ante mi vista me impulsaban a imitarlos. Véase lo que escribía mi madre en 1876:
Hasta Teresita se empeña en hacer sacrificios. María dio a sus hermanitos unos rosarios hechos ex profeso para contar los actos de virtud; pero lo más curioso es ver cómo Teresita mete la mano en su bolsillo cien veces al día para correr una cuenta de su rosario cada vez que hace un sacrificio. Es graciosísimo también oír las verdaderas conferencias espirituales que sostienen las dos hermanitas entre sí. El otro día preguntaba Celina: “¿Cómo es posible que Dios esté en una hostia tan pequeña? ” Contestóle Teresita: “No es tan extraño, pues que Dios es todo poderoso”. “¿Qué quiere decir todopoderoso? ” “Quiere decir que hace todo lo que quiere”.
Las dos son inseparables y no necesitan de nadie para distraerse. La nodriza regaló a Teresita un gallo y una gallina de raza pequeña; pues al punto la nena dio el gallo a su hermana. Cada día, después de comer, Celina se apodera de su gallo; lo toma de golpe así como la gallina y van a sentarse junto al fuego, donde pasan jugando gran rato.
Una mañana se le ocurrió a Teresita dejar su cama y pasar a la de Celina. La niñera la buscaba para vestirla; por fin la descubre; mas la niña, besando a su hermana y estrechándola muy fuertemente entre sus brazos le dice: “Déjame, Luisa: ¿no ves que nos pasa como a las dos gallinas blancas? ¡No podemos separarnos!”
Era mucha verdad; yo no podía pasar un momento sin Celina. Prefería no concluir de comer mis postres a dejar de seguirla en cuanto se levantaba de la mesa; revolvíame, entonces en mi elevada silla, queriendo bajar muy pronto, y nos íbamos a jugar juntas.
Era yo demasiado pequeña para asistir los domingos a la Misa Mayor, por lo que mamá se quedaba en casa conmigo. Entonces ponía especial cuidado en portarme muy bien: andaba de puntillas para no hacer ruido; pero en cuanto oía abrir la puerta, era una explosión de alegría sin par; desalada corría al encuentro de mi linda hermanita, diciéndole: ¡On, Celina, dame pronto el pan bendito! Olvidóse cierto día, por lo que, perplejas, nos preguntamos: ¿Qué haremos?... ya que no podía pasarme sin él; pues a este festín lo llamaba yo mi misa. De pronto, una idea luminosa cruzó por mi mente: ¿No tienes pan bendito? Bueno, pues, hazlo. Abrió entonces el armario y cortando un pedazo de pan, rezó ante él un Ave María con tono solemne y me lo presentó triunfante. Yo, haciendo la señal de la cruz, lo comí con gran devoción, encontrándole el mismo sabor que al pan bendito.
Considerándose sin duda Leonia demasiado crecida para jugar a las muñecas, vino un día a nuestro encuentro con una cesta llena de vestidos, de bonitos retazos de telas y otros adornos, y acostadita encima de todo, su muñeca. Tomad, hermanitas, escoged lo que queráis, nos dijo. Celina hechó una ojeada sobre todo aquello y eligió un ovillo de cordoncillo de seda. Yo, tras un momento de reflexión, alargué la mano a mi vez diciendo: ¡Yo lo elijo todo! Y sin más cumplidos, me llevé la cesta y la muñeca. Este rasgo de mi infancia resume, por decirlo así mi vida entera. Cuando vislumbré más tarde la perfección, comprendí que para llegar a santa era preciso padecer muchísimo, aspirar siempre a lo más perfecto y olvidarse de sí misma. Comprendí que en la santidad hay muchos grados de perfección, y que el alma es libre de responder como quiera a las insinuaciones de Nuestro Señor, de hacer poco o mucho por su amor, en una palabra; que puede elegir entre los sacrificios que El le pide. Entonces, como enlos días de mi niñez, exclamé: ¡Dios mío, lo elijo todo! No quiero ser santa a medias; no tengo miedo de sufrir por Vos; tan sólo temo una cosa: conservar mi voluntad; tomadla, pues; ¡elijo todo lo que Vos queráis!
Pero me aparto del asunto, Madre querida; no he de hablar aún de mi juventud; estoy tratando de la pequeñuela de tres a cuatro años.
Me acuerdo de un sueño que tuve entonces y que se grabó profundamente en mi memoria. Soñé que iba a pasearme sola por el jardín, cuando de repente vi cerca de la glorieta dos espumosos diablillos que bailaban sobre un barril de cal, con agilidad asombrosa, a pesar de las pesadas cadenas que llevaban en los pies. Me miraron primero echando fuego por los ojos, y después, como poseídos de temor, los vi precipitarse, en un abrir y cerrar de ojos, en el fondo del barril. Volvieron a salir al punto por no se qué rendija, y echaron a correr, escondiéndose, por último, en la ropería, a nivel del jardín. Al verlos tan poco valientes, quise saber lo que iban a hacer, y dominando mi primer movimiento de terror, me acerqué a la ventana... Los pobres diablillos estaban allí corriendo por encima de las mesas y no sabiendo cómo arreglárselas para huir de mi vista. De cuando en cuan- -do, se acercaban inquietos a espiar por los cristales, y al verme allí todavía, comenzaban de nuevo su desesperada carrera.
Este sueño no tiene nada de extraordinario; creo con todo, que fue un medio que empleó Dios para darme a entender que un alma en estado de gracia no tiene nada que temer del demonio, el cual es cobarde, pronto a huir ante la mirada de un niño.
¡Qué feliz era yo en aquella edad, Madre mía! No sólo comenzaba a gozar de la vida, sino que la virtud encerraba mil halagos para mí. Paréceme que entonces me encontraba en las mismas disposiciones de hoy, con grandísimo dominio ya de todas mis acciones. Así, por ejemplo, tenía la costumbre de no quejarme nunca cuando me quitaban algo mío; o bien, si me acusaban injustamente, prefería callar más bien que excusarme; mas en ello no había mérito alguno por mi parte, pues lo hacía naturalmente.
¡Ah, con qué rapidez pasaron aquellos años llenos de luz y calor de mi tierna infancia! ¡Qué impresión tan suave dejaron en mi alma! Recuerdo complacida los días que papá nos conducía al pabellón, y sobre todo los paseos del domingo en los que nos acompañaba siempre nuestra buena madre. Todavía experimento los profundos y poéticos afectos que nacían en mi corazón a la vista de los campos de trigo, esmaltados de amapolas, acianos y margaritas. Gustaba ya de los lejanos horizontes, del espacio, de los altos árboles; en una palabra, el esplendor de la naturaleza me hechizaba y transportaba mi alma al paraíso.
Durante aquellos largos paseos encontrábamos a menudo algunos pobres; siempre era Teresita la encargada de llevarles la limosna, y en ello gozaba extraordinariamente. Muchas veces también encontraba mi buen padre demasiado largo el camino para su reinecita, por lo que, con gran disgusto de ella, la llevaba a casa antes que a las demás; mas al regresar, traía siempre Celina, para consolarla, su lindo canastillo lleno de margaritas.
En verdad puedo decir que todo en la tierra me sonreía; mi camino estaba sembrado de flores, y mi buen natural contribuía en mucho a hacerme la vida agradable. Pero iba a comenzar una nueva fase: a la que debía ser tan pronto esposa de Jesús, tocábale sufrir desde la niñez. Al igual que las flores de la primavera que empiezan a germinar bajo la nieve, abriéndose a los primeros rayos del sol, la florecita, cuyos recuerdos escribo, tuvo que pasar por el invierno de la tribulación y llenar su tierno cáliz del rocío de las lágrimas...
Sobre esta lectura
Santa Teresita del Niño Jesús. Texto autobiográfico en once capítulos, preparado a partir del ejemplar aportado. Se omiten las notas editoriales, el relato posterior de su muerte y los recuerdos de otras personas. Se conserva el lenguaje del texto recibido. No es una edición crítica.
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