Libro I · Capítulo 7
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
2. Todos tenemos alguna experiencia de éstas. A veces madres y nodrizas pretenden que esto se puede corregir con no sé qué remedios; pero, miradas las cosas en sí, no hay inocencia en excluir de la fuente abundante y generosa a otro niño mucho más necesitado y que no cuenta para sobrevivir sino con ese alimento de vida. Y con todo esto, cosas tales se les pasan fácilmente a los niños; no porque se piense que son pequeñeces sin importancia, sino más bien porque estiman que son defectos que pasan con el tiempo. Esto no parece fuera de razón, pero lo cierto es que cosas tales no se le permiten a un niño más crecido.
Así pues, tú, Señor, que al darle a un niño la vida, lo provees con el cuerpo que le vemos, dotado de sentidos y de graciosa figura, y con miembros organizados en disposición y con fuerza conveniente, me mandas ahora que te alabe por esto; que te confiese y cante en honor de tu nombre (Sal. 91, 2). Porque eres un Dios omnipotente y bueno. Y también lo serías aún cuando no hubieras hecho otras cosas fuera de éstas, pues cosas tales no las puede hacer nadie sino tú, el único de quien procede el mundo todo; el hermosísimo que da forma a todos los seres y con sus leyes los ordena.
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