Santos Apóstoles · Kindle

Libro I · Capítulo 20

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 1

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1. Y sin embargo, Señor excelentísimo y óptimo Creador de cuanto existe, gracias te daría si hubieses dispuesto que yo no pasara de la niñez. Porque yo existía y vivía; veía y sentía y cuidaba de mi conservación, vestigio secreto de aquella Unidad de la que procedo. Un instinto muy interior me movía a cuidar la integridad de mis sentidos, y aun en las cosas más pequeñas me deleitaba en la verdad de mis pensamientos. No me gustaba equivocarme. Mi memoria era excelente, mi habla ya estaba formada. Me gozaba en la amistad, huía del dolor, del desprecio y de la ignorancia. ¿Qué hay en un ser así que no sea admirable y digno de loor?

2. Pero todo esto me venía de mi Dios, pues yo no me di a mí mismo semejantes dones. Cosas buenas eran, y todas ellas eran mi yo. Bueno es, entonces, el que me hizo. Él es mi bien, y en su presencia me lleno de exultación por todos esos bienes que había en mi ser de niño.

3. Pero pecaba yo, por cuanto buscaba la verdad, la deleitación y la sublimidad no en Él, sino en mí mismo y en las demás criaturas; y por esto me precipitaba en el dolor, la confusión y el error.

Pero gracias, dulzura mía, mi honor y mi confianza, mi Dios, por tus dones; y te ruego que me los conserves. Así me guardarás a mí; y todo cuanto me diste se verá en mí aumentado y llevado a perfección.

Y yo estaré contigo, que me diste la existencia.

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