Libro III · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
1. Me apasionaban entonces los espectáculos teatrales, tan llenos de las miserias que yo tenía y de los fuegos que me quemaban.
¿Por qué será el hombre tan amigo de ir al teatro para sufrir allí de lutos y tragedias que por ningún motivo querría tener en su propia vida? Lo cierto es que le encantan los espectáculos que lo hacen sufrir y que se goza en este sufrimiento. Pero, ¿no es esto una insania miserable? Porque la verdad es que tanto más se conmueven las gentes cuanto menor sanidad hay en sus sentimientos y, que tiene por miseria lo que ellos mismos padecen, mientras llaman misericordia su compasión cuando eso mismo lo padecen otros. Pero, ¿qué misericordia real puede haber en fingidos dolores de escenario? Pues el que asiste no es invitado a prestar remedio a los males, sino solamente a dolerse con ellos y, mayor es el homenaje que rinde a los actores del drama cuanto mayormente sufre. Y si tales calamidades, o realmente sucedidas antaño o meramente fingidas ahora no lo hacen sufrir lo suficiente, sale del teatro fastidiado y criticando; al paso que si sufre mucho se mantiene atento y goza llorando.
2. ¿Cómo es posible amar así el dolor y las lágrimas? Porque el hombre naturalmente tiende a ser feliz. ¿Será acaso, que si a nadie le gusta ser él mismo miserable, a todos nos agrada ser compasivos con la miseria? Puede ser; sin el dolor y la miseria es imposible la misericordia y, entonces, por razón de ésta se llegan a amar la miseria y el dolor. ¿Qué otra causa podría haber?
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