Libro III · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
Una simpatía semejante procede, a no dudarlo, del manantial de la amistad. Pero, ¿a dónde va esa corriente, a dónde fluye? ¿Por qué va a dar ese torrente de pez hirviendo con los terribles calores de todas las pasiones de la tierra? ¿Por qué de su propio albedrío se convierte en él la amistad, desviada y rebajada de su serenidad celeste?
Y sin embargo, cierto es que no podemos repudiar la misericordia: es necesario que amemos alguna vez el sufrimiento.
3. Pero guárdate bien, alma mía, de la inmundicia, guárdate de ella, bajo la tutela de tu Dios, del Dios de nuestros padres, excelso y laudable por todos los siglos (Dn 3, 52). No es que me falte ahora la misericordia; pero en aquellos días gozaba yo con ver en el teatro a los amantes que criminalmente se amaban, aun cuando todo aquello fuera imaginario y escénico. Cuando el uno al otro se perdían me ponía triste la compasión; pero me deleitaba tanto en lo uno como en lo otro. Mucha mayor misericordia siento ahora por el que vive contento con el vicio, que no por el que sufre grandes penas por la pérdida de un pernicioso placer y una mentida felicidad. Este tipo de misericordia es de cierto mucho más verdadera, precisamente porque en ella no hay deleite en el dolor. Si es laudable oficio de caridad compadecer al que sufre, un hombre de veras misericordioso preferiría con mucho que no hubiera nada que compadecer. Absurdo sería hablar de una “benevolencia malévola”, pero este absurdo sería necesario para que un hombre pudiera al mismo tiempo ser en verdad misericordioso y desear que haya miserables para poderlos compadecer.
4. Hay pues dolores que se pueden admitir, porque son útiles; pero el dolor en sí no es digno de amor.
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