Libro III · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
Esto es lo que pasa contigo, mi Dios y Señor, que amas las almas de tus hijos con amor más alto y más puro que el nuestro; la tuya es una misericordia incorruptible y, cuando nos compadeces, nuestro dolor no te lastima. ¿Quién en esto como tú?
Pero yo amaba entonces el dolor de mala manera y me buscaba lo que pudiera hacerme padecer. Representando un padecimiento ajeno, fingido y teatral, tanto más me gustaba el actor cuanto más lágrimas me hacía derramar. ¿Qué maravilla, entonces, si como oveja infeliz e impaciente de tu custodia, me veía cubierto de fealdad y de roña? De ahí me venía esa afición al sufrimiento. Pero no a sufrimientos profundos, que para nada los quería; sino sufrimientos fingidos y de oído que sólo superficialmente me tocaban. Y como a los que se rascan con las uñas, me venía luego ardiente hinchazón, purulencia y horrible sangre podrida. ¡Santo Dios! ¿Esa vida era vivir?
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