Libro III · Capítulo 3
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
1. Pero tu misericordia fidelísima velaba por mí y me rodeaba. ¡En cuántas iniquidades me corrompí, llevado por una sacrílega curiosidad, hasta tocar el fondo de la infidelidad en engañoso obsequio a los demonios, a quienes ofrecía como sacrificio mis malas obras! Y en todo eso tú me flagelabas. Un día llegó mi atrevimiento hasta el punto de alimentar dentro de tu misma casa, durante la celebración de tus sagrados misterios, pensamientos impuros, maquinando como llevarlos a efecto y conseguir sus frutos de muerte. Pero tú me azotaste con pesados sufrimientos que, con ser muy pesados, no eran tan grandes como la gravedad de mi culpa, ¡oh Dios de inmensa misericordia! ¡Tú, mi Dios, que eres mi refugio y me defiendes de esos terribles enemigos míos entre los cuales anduve vagando con la cabeza insolentemente engallada, cada vez más lejos de ti, en mis caminos y no en los tuyos, tras del señuelo de una libertad mentida y fugitiva!
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