Libro III · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 2
2. ¡Qué incendios los míos, Señor, por volar hacia ti lejos de todo lo terrenal! No sabía yo lo que estabas haciendo conmigo tú, que eres la Sabiduría. “Filosofía” llaman los griegos al amor de la sabiduría y, en ese amor me hacían arder aquellas letras. Cierto es que no faltan quienes engañan con la filosofía, cubriendo y coloreando sus errores con ese nombre tan digno, tan suave y tan honesto. Pero todos estos seductores, los de ese tiempo y los que antes habían sido, eran en ese libro censurados y mostrados por lo que en verdad son y se manifiesta en él, además, aquella saludable admonición que tú nos haces por medio de tu siervo bueno y pío: “Cuidaos de que nadie os engañe con la filosofía y una vana seducción según las tradiciones y elementos de este mundo y no según Cristo, en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad”(Cil 2, 8-9).
3. Bien sabes tú, luz de mi corazón, que en esos tiempos no conocía yo aún esas palabras apostólicas, pero me atraía la exhortación del Hortensius a no seguir esta secta o la otra, sino la sabiduría misma, cualquiera que ella fuese. Esta sabiduría tenía yo que amar, buscar y conseguir y el libro me exhortaba a abrazarme a ella con todas mis fuerzas. Yo estaba enardecido. Lo único que me faltaba en medio de tanta fragancia era el nombre de Cristo, que en él no aparecía. Pues tu misericordia hizo que el nombre de tu Hijo, mi Salvador, lo bebiera yo con la leche materna y lo tuviera siempre en muy alto lugar; razón por la cual una literatura que lo ignora, por verídica y pulida que pudiera ser, no lograba apoderarse de mí.
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