Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 6

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 4

Letra pequeñaMedianaGrande

2. Pero tampoco de esas nobles criaturas primeras eran mi hambre y mi sed, sino sólo de ti, que eres la verdad; verdad en la que no hay mudanza ni asomo de vicisitud (St 1, 17). Pero se me seguían ofreciendo como alimento fantasmas espléndidos. Mejor era el sol, verdad de nuestros ojos, que no aquellos espejismos, verdaderos sólo para el alma que se deja engañar por los sentidos. Yo aceptaba todo eso porque pensaba QUE ERAS tú; pero no comía tales platillos con avidez, pues no me sabían a nada; el sabor no era el tuyo, no te sentía yo como realmente eres. Tú no estabas en aquellos vanos fragmentos que no me alimentaban sino que me agotaban. Como los alimentos que se comen en sueños, que se parecen mucho a los que el hombre come despierto, pero que no alimentan al que dormido sueña. Pero esos sueños en nada se parecían a lo que ahora sé que eres tú; eran fantasmas corpóreos, mucho menos ciertos que los cuerpos reales que vemos en los cielos y en la tierra. Así como los animales terrestres y las aves, que son más ciertos en sí que en nuestra imaginación. Pero aún estas imaginaciones infinitas, que a partir de ellas fantaseamos nosotros y que no tienen realidad alguna. Y éste era el tipo de fantasías de que yo entonces me apacentaba.

3. Pero tú, amor mío, en quien soy débil para ser fuerte, no eres ninguno de esos cuerpos que vemos en la tierra y en el cielo; ni tampoco los que no vemos allí porque tú las creaste; pero en situaciones eximias de tu creación. ¡Qué lejos estabas, pues, de aquellos fantasmas míos, fantasmas corpóreos, totalmente privados de existencia!

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