Libro III · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 4 de 4
¡Ay! ¡Por qué escalones fui bajando hasta lo profundo del infierno! Te lo confieso ahora a ti, que me tuviste misericordia cuando aún no te confesaba: acongojado y febril en mi indigencia de verdad, yo te buscaba; pero no con la inteligencia racional que nos hace superiores a las bestias, sino según los sentimientos de la carne. Y tú eras interior a mi más honda interioridad y superior a cuanto había en mí de superior. Entonces tropecé con aquella hembra audaz y falta de seso, enigma de Salomón, que sentada a su puerta decía: “Comed con gusto mis panes ocultos, bebed de mi agua furtiva y sabrosa”. Tal hembra me pudo seducir porque me encontró fuera de mí mismo, habitando en el ámbito de mis ojos carnales, pues me la pasaba rumiando lo que con los ojos había devorado.
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