Libro IV · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
1. Enseñaba yo por aquellos años la retórica y vencido por la avidez de dinero vendía yo victoriosas locuacidades. Pero tú sabes que yo prefería tener discípulos buenos, o que por tales son tenidos y a esos les enseñaba con toda honradez los dolos del arte no para que los usaran en detrimento de inocentes, sino para castigo de culpables.
Desde lejos me veías tú como caía en esos terrenos resbalosos y cómo en medio de mucho humo brillaba la fidelidad que en aquella docencia mostraba yo a quienes amaban la vanidad y buscaban la mentira y con ellos me asociaba.
Por esos años tenía yo una mujer a la que no conocí dentro de lo que se llama matrimonio legítimo, sino que a ella me llevó un vago ardor ayuno de prudencia. Pero no tenía otra fuera de ella y le guardaba la fidelidad del lecho. Con ella pude experimentar la distancia que media entre un sano contrato que se cierra con miras a la generación y un mero pacto de amor libidinoso en que la prole se produce sin ser deseada aunque más tarde se haga amar.
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