Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 4

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

1. En aquellos años en que comencé a enseñar en el municipio en que nací me había ganado por la comunidad de los estudios un amigo extraordinariamente querido, de mi misma edad, que florecía conmigo en el verdor de una misma adolescencia. Juntos habíamos crecido, juntos habíamos jugado y asistido a la escuela. Pero todavía no era amigo como lo fue más tarde y ni siquiera entonces lo fue con esa amistad verdadera con que tú aglutinas las almas que viven unidas a ti, por esa caridad difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). Con todo, esa amistad era dulcísima, inspirada como estaba por el fervor de idénticos ideales. Yo lo había desviado de su fe, que no la tenía ni muy honda ni muy firme hacia aquellas supersticiosas y perniciosas fábulas por las que me lloraba mi madre. Su mente y la mía erraban juntas y yo no podía vivir sin él. Pero tú, el Dios de las venganzas y también de las grandes misericordias, era como si cabalgaras sobre los lomos de dos siervos tuyos que huían de tu lado. ¡De cuán admirables maneras nos conviertes a ti! Entonces, sacaste de este mundo a ese hombre apenas cumplido un año de nuestra amistad, suave para mí como ninguna otra cosa en aquel tiempo de mi vida.

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