Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 4

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

3. Yo, turbado y estupefacto, pensé que era necesario refrenar mis impulsos hasta que él, completamente restablecido y con el vigor de la salud estuviera en condiciones de oírme hablar como yo quería. Pero tú lo arrebataste a mi demencia para conservarlo en ti, de donde pudiera yo más tarde hallar consuelo. Sucedió, pues, que a vuelta de pocos días y estando yo ausente, cayó nuevamente enfermo y falleció. El dolor ensombreció mi corazón y cuanto veían mis ojos tenía el sabor de la muerte. Mi patria era mi suplicio, la casa paterna era una inmensa desolación y todo cuanto había tenido en comunión con él era para mí un tormento inenarrable. Por todas partes lo buscaban mis ojos, pero no podían verlo; todo me parecía aborrecible porque en nada estaba él. Nadie podía decirme “va a volver”, como cuando estaba ausente pero existía. Me convertí en un oscuro enigma para mí mismo. Le preguntaba a mi alma, ¿por qué estás triste y así me conturbas? (Sal 41, 6), pero ella nada tenía para responderme. Y si yo le decía: “Alma, espera en Dios”, ella se negaba a obedecerme pues tenía por mejor y más verdadero al hombre que había perdido que no el fantasma en que yo le mandaba esperar. Mi única dulzura la hallaba en llorar sin fin. Las lágrimas tomaron el lugar de mi amigo, delicia de mi alma.

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