Libro IV · Capítulo 11
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
1. No seas hueca, alma mía, ni permitas que se ensordezca el oído de tu corazón con el tumulto de tus vanidades. Es el Verbo mismo quien te llama para que vuelvas a Él. Él es el lugar de la paz imperturbable en donde el amor no es abandonado sino cuando él mismo abandona. Mira cómo cesan las cosas para dejar el lugar a otras cosas y que así se integre este inferior universo.
“Pero yo, dice el Verbo, no me retiro ni cedo mi lugar”. Finca en Él tu mansión, alma mía, ahí encomienda todo lo que tienes, aun cuando no sea más que por la fatiga de tanto engaño. Encomienda a la Verdad todo lo que de ella has recibido, segura de que nada habrás de perder: florecerá en ti lo que tienes podrido, quedarás sana de todas tus dolencias. Lo que hay en ti de fugaz y perecedero será reformado y adecuado a ti; las cosas no te arrastrarán hacia donde ellas cesan, sino que permanecerán contigo y serán siempre tuyas, en un Dios estable y permanente.
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.