Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 12

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

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2. ¿A dónde vais pues, una vez y otra vez, por caminos difíciles y laboriosos? Buscad la paz que queréis encontrar; pero la paz no está en donde la andáis buscando. Pues, ¿cómo hablar de una vida feliz cuando ni siquiera es vida? Cristo, nuestra vida, bajó acá para llevarse nuestra muerte y matarla con la abundancia de su vida; con tonante voz nos llamó para que volviéramos a Él en el secreto santuario de aquel vientre virginal en que Él se desposó con la humana criatura, carne mortal, pero no para siempre mortal; y de ahí, como esposo que sale de su tálamo se llenó de exultación, gigante ansioso de recorrer su camino (Sal 18, 6). Porque no se tardó, sino que corrió, clamando con los dichos, con los hechos, con su muerte, con su vida, con su descenso y su ascenso, que volvamos a Él. Y luego desapareció de nuestra vista para que lo busquemos en nuestro corazón y allí lo encontremos.

3. Se fue, pero aquí está. No se quiso quedar largo tiempo con nosotros, pero no nos dejó. Se fue hacia el lugar en que siempre estuvo y que nunca abandonó; porque Él hizo el mundo y estuvo en el mundo, a donde vino para salvar a los pecadores. A Él se confiesa mi alma, para que Él la sane, pues había pecado contra Él.

¿Hasta cuándo, hijos de los hombres seréis de pesado corazón? (Sal 40, 6). ¿No queréis acaso, después de que la vida descendió hasta nosotros, ascender y vivir? Pero, ¿a dónde subís si ya estáis en alto y habéis puesto vuestra boca en el cielo? (Sal 72, 9). Descended primero, para poder luego ascender hasta Dios; porque habíais caído al subir contra Él.

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