Libro IV · Capítulo 14
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
1. ¿Qué fue, Dios mío, lo que me movió a dedicar mis libros al renombrado orador romano Hierio a quien de persona no conocía? Yo amaba a este hombre sin conocerlo, pues su gran fama había llegado hasta mí y algunas palabras suyas había yo oído con mucho placer. Pero más aún me movía el que otros las hallaran agradables y a él lo ensalzaran con grandes alabanzas, pues se asombraban de que un hombre de Siria como él, formado inicialmente en la lengua griega hubiera podido luego llegar a la excelencia en la lengua latina. Y a mí me caía muy bien el que fuera tan perito en todo lo relativo al estudio de la sabiduría.
De esta manera se ama y se loa a un hombre aun en su ausencia. ¿Será acaso porque el amor pasa de quien alaba a quien oye la alabanza? Por cierto que no; pero el amor de uno enciende el amor en otro. Se ama al ausente porque las alabanzas que se le dedican parecen sinceras y brotadas del corazón, que es siempre el caso cuando alaba el que ama. Era así como amaba yo entonces a los hombres, movido por el juicio de otros hombres y no por el tuyo, Dios mío, en quien nadie se engaña.
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