Libro IV · Capítulo 14
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
3. Pero aquel retórico era el tipo de hombre que yo amaba y hubiera querido ser. Lleno de vanidad flotaba yo a todos los vientos; pero tú me gobernabas secretamente. ¿Y de dónde puedo saber para confesártelo con toda certeza que yo amaba a aquel hombre movido más por el amor de quienes lo alababan que no por las cualidades mismas que en él eran loadas? Porque si quienes así lo ensalzaban en lugar de eso lo vituperasen y si con ese menosprecio me refirieran de él las mismas cosas por las cuales lo alababan, de cierto no me habría yo encendido ni entusiasmado por él. Y no por ello habrían cambiado las cosas, ni sería él otro del que era; lo único diferente habría sido el ánimo de quienes de él hablaran. Así es, Señor, como yace enferma el alma cuando todavía no se funda en la solidez de la verdad: se deja mover según sopla el viento de las opiniones humanas; es llevada y traída, torcida y retorcida y atormentada, se le oscurece la luz y no da con la verdad aunque la tenga enfrente.
Por todo eso, era para mí algo muy grande e importante el que mis libros y mis estudios fueran conocidos por un varón tan insigne. Su aprobación me habría enardecido, su desaprobación habría herido profundamente mi corazón vanidoso y alejado de tu solidez. Y sin embargo, aquella obrita sobre lo bello y lo apto que yo le había escrito y dedicado, la tenía yo presente y con ella me recreaba en la soledad de mi contemplación, sin necesidad de que nadie me alabara por ello.
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