Libro IV · Capítulo 16
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 4 de 4
4. Pero, ¿de qué me servía todo eso cuando yo pensaba de ti, mi Señor, que eras un cuerpo inmenso y lúcido y yo una partecita de ese cuerpo? Mucha perversidad era ésta; pero así era yo entonces. Ahora no me avergüenzo de invocarte y de confesar las muchas misericordias que tuviste conmigo, ya que no me avergoncé entonces de proferir ante los hombres mis blasfemias y ladrar contra ti. ¿De qué me servía la agilidad de mi ingenio en aquellas disciplinas y comprender sin ayuda de nadie aquellos libros tan difíciles si con sacrílega torpeza erraba yo en la doctrina de la piedad? ¿O qué perjuicio reportaban tus hijos pequeños por tener un ingenio más tardo si no se apartaban de ti y en el nido de tu Iglesia pelechaban y nutrían sus alas con el alimento de una fe saludable?
5. Esperemos, Señor, bajo la sombra de tus alas (Sal 62, 8); protégenos y líbranos. Tú llevarás a los párvulos y también a los ancianos encanecidos; pues cuando nuestra firmeza eres tú, es en verdad firmeza, mientras que cuando es solamente nuestra no es sino debilidad. En ti nuestro bien está siempre vivo y cuando de ti nos apartamos, nos pervertimos. Volvamos ya a ti, Señor, para no quedar abatidos; en ti vive siempre y sin defecto nuestro bien, que eres tú mismo y no temeremos que no haya lugar a donde volver por haber nosotros caído de él. Nuestra casa no se derrumba por nuestra ausencia, pues nuestra casa es tu eternidad.
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