Libro V · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
1. Durante esos nueve años bien corridos en que con inmenso deseo de verdad pero con ánimo vagabundo escuché a los maniqueos, estuve esperando la llegada del dicho Fausto. Porque los otros maniqueos con que dada la ocasión me encontraba y no eran capaces de responder a mis objeciones, me prometían siempre que cuando él llegara, con su sola conversación les daría el mate a mis objeciones y aun a otras más serias que yo pudiera tener. Cuando Fausto por fin llegó me encontré con un hombre muy agradable y de fácil palabra; pero decía lo que todos los demás, sólo que con mayor elegancia. Mas no era lo que mi sed pedía a aquel mero, aunque magnífico escanciador de copas preciosas. De las cosas que decía estaban ya hartos mis oídos y no me parecían mejores porque él las dijera mejor, ni verdaderas por dichas con elocuencia; ni sabia su alma porque fuera su rostro muy expresivo y muy elegante su discurso. Los que tanto me lo habían ponderado no tenían buen criterio: les parecía sabio y prudente sólo porque tenía el arte del buen decir.
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