Libro V · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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2. Conozco también otro tipo de hombres, que tienen la verdad por sospechosa y se resisten a ella cuando se les presenta en forma bien aliñada y con abundancia. Pero tú ya me habías enseñado (creo que eras tú, pues nadie fuera de ti enseña la verdad dondequiera que brille y de donde proceda), me habías enseñado, digo, que nada se ha de tener por verdadero simplemente porque se dice con elocuencia, ni falso porque se diga con desaliño y torpeza en el hablar. Pero tampoco se ha de tener por verdadero algo que se dice sin pulimento, ni falso lo que se ofrece con esplendor en la dicción. La sabiduría y la necedad se parecen a los alimentos, que son buenos unos y malos otros, pero se pueden unos y otros servir lo mismo en vasija de lujo que en vasos rústicos y corrientes. La sabiduría y la necedad pueden ofrecerse lo mismo con palabras cultas y escogidas que con expresiones corrientes y vulgares.
La avidez con que había yo por tan largo tiempo esperado la llegada de aquel hombre me hacía ciertamente deleitarme en la vivacidad y animación con que disputaba y en el feliz tino con que hallaba las palabras justas, que fácilmente le venían para revestir sus sentencias. Pero me sentía molesto de que en la rueda de quienes lo escuchaban no se me permitiera intervenir para proponerle mis dificultades conversando con él en diálogo familiar.
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