Libro V · Capítulo 9
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
2. Yo había aventajado mucho en la deshonra y en mi demencia me burlaba de tu medicina y tú, sin embargo, no permitiste que muriera yo entonces, que habría muerto dos veces, en el cuerpo y en el alma. Esto habría causado en el corazón de mi madre una herida incurable. Lo digo porque no he ponderado cual conviene el afecto sin medida que por mí sentía y con el cual engendraba en el espíritu al hijo que había alumbrado según la carne. No comprendo como hubiera podido sobrevivir si la noticia de mi muerte la hubiera herido entonces en pleno corazón. ¿Qué habría sido entonces de aquellas plegarias tan grandes y tan ardientes, que no conocían descanso alguno? ¿En dónde estarían, pues no había para ellas otro lugar fuera de ti?
Pero, ¿cómo podías tú, el Dios de las misericordias, despreciar el corazón contrito y humillado (Sal 50, 19) de una viuda sobria y casta que hacía abundantes limosnas y servía obsequiosamente a tus siervos; que no se quedaba un sólo día sin asistir al santo sacrificio y que diariamente, por la mañana y por la tarde visitaba tu casa y no para perder el tiempo en locuacidades de mujeres, sino para escuchar tu palabra y que tú escucharas sus preces?
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