Libro V · Capítulo 10
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
3. Tampoco descuidé el reprender en mi huésped la desmedida confianza que veía yo en él sobre las fábulas de que están llenos los libros maniqueos; pero con todo, me ligaba a ellos una familiaridad que no tenía los ímpetus del principio; mas la familiaridad con ellos (de los cuales hay muchos ocultos en Roma) me hacía perezoso para indagar más allá. Y menos que en ninguna parte, Dios y Señor mío, creador de todas las cosas, me imaginaba yo encontrar la verdad en tu Iglesia, de la cual me habían ellos apartado.
Muy torpe cosa me parecía el creer que tú hubieras tomado una forma corporal ajustada a los lineamientos del cuerpo humano y, como cuando quería pensar en Dios, no podía pensarlo sino como una mole corporal, ya que era para mí imposible concebir la realidad de otra manera y en esto sólo estaba la causa inevitable de mi error.
4. De aquí que creyera yo con los maniqueos que tal es la sustancia del mal, que tenía o bien una mole negra, espesa y deforme que ellos llaman “tierra”, o bien una masa tenue y sutil como la del aire, una especie de espíritu maligno que según ellos rastrea sobre esa tierra. Y como la piedad más elemental me prohibía pensar que Dios hubiera creado ninguna cosa mala, ponía yo frente a frente dos moles o masas, infinitas las dos, pero amplia la buena y más angosta la mala y de este pestilencial principio se seguían los otros sacrilegios.
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