Santos Apóstoles · Kindle

Libro VI · Capítulo 6

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

2. Aunque, una alegría verdadera no la tenía, por cierto, aquel mendigo; pero yo, con todas mis ambiciones estaba aún más lejos que él de la verdadera alegría. Él estaba alegre cuando yo andaba ansioso; él se sentía seguro mientras yo temblaba. Y si alguien me hubiera preguntado entonces qué prefería yo: si estar alegre o estar triste, le habría respondido que estar alegre. Pero si de nuevo me interrogara sobre si querría yo ser como aquel mendigo o más bien ser lo que yo era y como era, le habría yo de cierto contestado que prefería ser yo mismo y como era, no obstante lo abrumado que me tenían mis muchos temores. Y en tal respuesta no habría habido verdad, sino sólo perversidad. No podía yo tenerme en más que él por el solo hecho de ser más docto, sino que me gozaba en agradar a los demás y lo que realmente me importaba no era enseñarles algo, sino tan sólo agradarles. Por eso me rompías tú los huesos con el duro báculo de tu disciplina.

¡Lejos pues de mí los que me dicen que es muy importante saber las causas de nuestra alegría! El mendigo aquel se alegraba por su borrachera, pero tú querías gozar de la gloria. Pero, ¿de qué gloria, Señor? Pues, de la que te negamos cuando buscamos la gloria fuera de ti. Porque así como la alegría de aquel beodo no era verdadera alegría, así tampoco era gloria verdadera la que andaba yo buscando con tan grande perturbación de mi espíritu. Aquél iba a digerir su vino aquella misma noche; yo en cambio iba a dormirme con mi ebriedad y a despertar con ella, para seguir así con ella durmiendo y despertando. Y esto, Señor, ¡por cuánto tiempo!

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