Libro VI · Capítulo 7
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
2. Pero tú, Señor, que presides el destino de todo cuanto creaste, no te habías olvidado de quien iba a ser más tarde entre tus hijos ministro de tus sagrados misterios . Y para que su corrección no pudiera atribuirse a nadie sino a ti, quisiste valerte de mí para conseguirla, pero no sabiéndolo yo. Sucedió pues cierto día estando yo sentado en el lugar de costumbre y rodeado de mis discípulos llegóél, saludó y se sentó poniendo toda su atención en lo que se estaba tratando. Y dio la casualidad de que tuviera yo entre las manos un texto para cuya explicación en forma clara y amena me pareció oportuno establecer un símil con los juegos circenses y me valí de expresiones mordaces y sarcásticas sobre los que padecen la locura del circo. Bien sabes tú, Señor, que al hacerlo, para nada pensaba en la corrección de Alipio ni en librarlo de aquella peste; pero él se lo apropió todo inmediatamente, creyendo que por nadie lo decía yo sino por él y lo que otro habría tomado como razón para irritarse conmigo lo tomó, joven honesto como era, como motivo de enojarse consigo mismo y de amarme más a mí. Bien lo habías tú dicho mucho antes y consignado en tus Escrituras: Reprende al sabio y te amará por ello (Pr 9, 8).
Yo, empero, no lo había reprendido. Pero tú te vales de todos, sabiéndolo ellos o no, según el orden justísimo que tienes establecido. De mi corazón y de mi lengua sacaste carbones ardiendo para cauterizar y sanar aquella mente que estaba enferma, pero también llena de juventud y de esperanzas. Que nadie se atreva a cantar tus loores si no considera tus misericordias como lo hago yo ahora, confesándotelo todo desde lo hondo de mis entrañas.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.