Santos Apóstoles · Kindle

Libro VI · Capítulo 9

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

2. Pero Alipio, que no lo había visto entrar pero sí salir y escapar rápidamente y, queriendo averiguar de qué se trataba, entró al lugar y encontrando el hacha la tomó en la mano y la estaba examinando. En esto llegan los guardias y lo encuentran a él sólo con el hacha en la mano. Lo detienen pues, y se lo llevan pasando por en medio de la gente que había en el foro y que se había aglomerado, para entregarlo a los jueces como ladrón cogido en flagrante delito. Pero hasta aquí llegó y de que no pasó la lección que querías darle y saliste a la defensa de una inocencia cuyo único testigo eras tú. Porque mientras se lo llevaban a la cárcel o al suplicio, les vino al encuentro un arquitecto que tenía a su cargo la alta vigilancia sobre los edificios públicos. Ellos se alegraron del encuentro, pues él solía sospechar que fueran ellos mismos los que se robaban lo que desaparecía del foro: ahora, pensaban, iba a saber por sí mismo quién era el ladrón.

3. Pero el arquitecto conocía a Alipio por haberlo encontrado varias veces en la casa de cierto senador que él visitaba con frecuencia. Lo reconoció al instante, le tendió la mano y lo sacó de entre la multitud. Se puso a investigar la razón del incidente y, cuando Alipio le hubo dicho lo acontecido, mandó a todos los que estaban gritando y amenazando con furia que lo acompañaran a la casa del muchacho que había cometido el delito. A la puerta de la casa estaba un chiquillo muy pequeño, que ningún daño podía temer de su amo si lo decía todo y él había estado con el delincuente en el foro.

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