Santos Apóstoles · Kindle

Libro VI · Capítulo 10

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

Nebridio, por su parte, había dejado su ciudad natal, cercana a Cartago y a Cartago misma que con frecuencia solía visitar; había dejado también su casa y renunciado a la herencia de un magnífico campo de su padre. Su madre no quiso seguirlo cuando él se vino a Milán no por otra razón, sino porque quería vivir conmigo en el mismo fervoroso empeño por alcanzar la verdad y la sabiduría. Nebridio participaba en nuestras vacilaciones y ardoroso como era y escrutador acérrimo de las cuestiones más difíciles suspiraba a una con nosotros por la consecución de una vida feliz. Éramos tres indigentes con la boca llena de hambre, que mutuamente se comunicaban su pobreza y sus anhelos, en la esperanza de que tú les dieras el alimento en el tiempo oportuno (Sal 144, 15). Y en medio de la amargura que por misericordia tuya se producía de nuestra mundana manera de vivir, cuando considerábamos el fin que con todo ello nos proponíamos se abatían sobre nosotros las tinieblas. Nos volvíamos gimiendo hacia otra parte y decíamos: “¿Cuánto durará todo esto?”. Así decíamos con mucha frecuencia; pero por mucho que lo dijéramos no nos resolvíamos a dejar nuestro modo de vida, pues no alcanzábamos a ver una luz cierta que dejándolo todo pudiéramos seguir.

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