Santos Apóstoles · Kindle

Libro VI · Capítulo 11

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 4

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Así me hablaba a mí mismo. Pero decidí que no. Me dije: “Que todo se pierda, si se ha de perder; pero tengo que dejar todas estas vanidades para consagrarme al estudio de la verdad. Esta vida es miserable, la muerte es algo incierto; si se me viene encima de repente, ¿cómo saldré de todo esto y en dónde aprenderé lo que no aprendí en esta vida? ¿No tendría yo que pagar por semejante negligencia? ¿Y qué, si la muerte da fin a todos nuestros cuidados amputándonos el sentimiento? Todo esto lo tengo que averiguar. Pero no es posible semejante anulación, pues las cosas, tantas y tan grandes que Dios ha hecho por nosotros no las hiciera si con la muerte del cuerpo viniera también la aniquilación del alma; ni es cosa vana y sin sentido la grande autoridad del cristianismo por todo el orbe. ¿De dónde me viene pues esta vacilación para dejar de lado las esperanzas del mundo y consagrarme a la búsqueda de Dios y de la vida feliz?”.

3. “Pero, aguarda: todas estas cosas mundanas son agradables y tienen su encanto; no sería prudente cortarlas con precipitación, ya que existe el peligro de tener que volver vergonzosamente a ellas. No me sería difícil conseguir algún puesto honorable y más cosas que pudiera desear; tengo muchos amigos influyentes que podrían fácilmente conseguirme una presidencia. Podría yo también casarme con una mujer que tuviera algún patrimonio, para que no me fuera gravosa con sus gastos y con esto tendría satisfechos todos mis deseos. Hay, además, muchos varones grandes y dignos de imitación, que no obstante vivir casados han podido consagrarse a la sabiduría”.

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