Libro VII · Capítulo 1
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
1. Muerta ya mi mala y perversa adolescencia, entraba yo en la juventud. Estaba ya por los treinta y un años pero al crecer mi edad crecía al parejo mi vanidad, pues no podía concebir que existiera lo que no nos entra por los ojos. Es cierto, mi Señor, que no te pensaba concreto en una figura humana desde el día en que comencé a oír hablar de la sabiduría. Tal idea me repugnó siempre y mucho me alegré al enterarme de que igualmente la rechazaba la fe espiritual de nuestra santa Madre la Iglesia Católica; pero de todos modos, no se me ocurría cómo poder pensarte de otra manera. Te seguía pensando como a hombre; aunque un hombre tal, que al mismo tiempo fuera Él solo, soberano y verdadero Dios. Creía también y con todas mis fuerzas que Dios es incorruptible, inviolable e inmutable; porque sin saber cómo ni por dónde, bien claro veía y por cierto tenía que lo corruptible es inferior a lo incorruptible; que lo inviolable es superior a lo que puede ser violado y lo inmutable, superior a lo que se puede mudar. Mi corazón clamaba con violencia contra todos mis fantasmas.
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