Libro VII · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 1
1. Me fatigaba yo por descubrir las demás verdades con el mismo empeño con que había descubierto ya que es mejor lo incorruptible que lo corruptible; por lo cual pensaba que tú, fueras lo que fueras, tenías que ser incorruptible. No existe ni puede existir quien piense que hay algo más excelente que tú, pues eres el sumo bien. Y como es del todo cierto y segurísimo que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, es evidente que si fueras corruptible éste era el punto preciso en que te debía buscar y colegir de eso luego de dónde puede proceder el mal. Es decir, de dónde provenga la corrupción que, ciertamente, de ti no puede venir.
2. Es pues imposible que la corrupción pueda de alguna manera violar a nuestro Dios; por ninguna voluntad, por ninguna necesidad, por ningún caso imprevisto. Porque él es Dios y lo que para sí mismo quiere, bueno es. Ni puede verse sin su poder y sólo sería mayor si fuera posible que Dios fuera mayor que Él mismo, ya que la voluntad y el poder de Dios son Dios mismo. ¿Y qué puede tomarte de improviso a ti, que todo lo sabes; a ti, que conociendo las cosas las pusiste en el ser? Y después de todo: ¿Para qué tantas palabras para demostrar la incorruptibilidad de la sustancia de Dios, si es del todo evidente que si fuera corruptible no sería Dios?
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