Libro VII · Capítulo 5
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
2. Pero, ¿en dónde está pues el mal, de dónde procede y por qué caminos nos llega? ¿Cuál es su raíz y cuáles las semillas que lo engendran? ¿O será acaso que el mal en sí no existe? Pero, ¿cómo, entonces, podemos temer y precavernos de algo que no existe? Puede ser que nuestro temor mismo sea vano; pero entonces el temor es un mal que sin causa nos aflige y nos hiere en el corazón. Un mal tanto más grande cuanto que no hay nada que temer y sin embargo tememos. Y entonces, o es realmente malo lo que tememos, o lo hacemos malo nosotros porque lo tememos. ¿De dónde viene, pues?
Dios hizo todas las cosas. Bueno es Él y buenas son ellas. Él es el bien supremo, ellas son bienes inferiores; pero de todos modos bueno es el creador y buena es la creación. ¿De dónde, entonces, viene el mal? ¿Acaso en la materia de que hizo el mundo había una parte mala y Dios formó y ordenó el mundo, pero dejándole una parte de aquella materia, que no convirtió en bien? Pero una vez más, ¿por qué? ¿Acaso no podía, siendo omnipotente, mudar y convertir aquella materia para que nada quedara de ella? Y por último: ¿Por qué quiso formar algo con esa materia en lugar de hacer con su omnipotencia, que esa materia no existiera? Porque ella no podía existir sin su voluntad. Y si la materia es eterna, ¿por qué la dejó estar así por tan dilatados espacios de tiempo, para luego sacar algo de ella?
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