Libro VII · Capítulo 9
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 4
1. Y en primer lugar: queriendo mostrarme cómo a los soberbios les resistes y a los humildes les das tu gracia (St 4, 6) y cuánta misericordia has hecho a los hombres por la humildad de tu Verbo, que se hizo Carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14), me procuraste, por medio de cierta persona excesivamente hinchada y fatua, algunos libros platónicos vertidos del griego al latín. En ellos leí, no precisamente con estos términos pero sí en el mismo sentido, que en el principio existía el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Que todo fue hecho por Él y sin Él nada fue hecho. Y lo que fue hecho es vida en Él. La vida era la Luz de los hombres y la Luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron. Decían también esos libros que el alma del hombre, aun cuando da testimonio de la luz, no es la luz; porque sólo el Verbo de Dios, que es Dios Él mismo, es también la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y estuvo en este mundo y el mundo fue hecho por Él y el mundo no lo conoció.
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