Libro VII · Capítulo 10
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
1. Advertido quedé con todo esto de que debía entrar en mí mismo y pude conseguirlo porque tú, mi auxiliador, me ayudaste. Entré pues y de algún modo, con la mirada del alma y por encima de mi alma y de mi entendimiento, vi la luz inmutable del Señor. No era como la luz ordinaria, accesible a toda carne; ni era más grande que ella dentro del mismo género, como si la luz natural creciera y creciera en claridad hasta ocuparlo todo con su magnitud. Era una luz del todo diferente, muchísimo más fuerte que toda luz natural. No estaba sobre mi entendimiento como el aceite está sobre el agua o el cielo sobre la tierra; era superior a mí, porque ella me hizo y yo le era inferior porque fui hecho por ella. Quien conoce esta luz conoce la Verdad y con la Verdad la eternidad. Y es la caridad quien la conoce.
2. ¡Oh Verdad eterna, oh verdadera caridad y amable eternidad! Tú eres mi Dios y por ti suspiro día y noche. Y cuando por primera vez te conocí tú me tomaste para hacerme ver que hay muchas cosas que entender y que yo no era todavía capaz de entenderlas. Y con luz de intensos rayos azotaste la debilidad de mi vista y me hiciste estremecer de amor y de temor. Entendí que me hallaba muy lejos de ti, en una región distante y extraña y sentí como si oyera tu voz que desde el cielo me dijera: “Yo soy el alimento de las almas adultas; crece y me comerás. Pero no me transformarás en ti como asimilas los alimentos de la carne, sino que tú te transformarás en mí”.
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