Santos Apóstoles · Kindle

Libro VII · Capítulo 17

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 2

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1. Y me admiré entonces de ver que te amaba a ti y no ya a un fantasma. Pero no era estable este mi gozo de ti; pues si bien tu hermosura me arrebataba, me apartaba luego de ti la pesadumbre de mi miseria y me derrumbaba gimiendo en mis costumbres carnales. Pero aun en el pecado me acompañaba siempre el recuerdo de ti y ninguna duda me cabía ya de tener a quien asirme, aun cuando carecía yo por mí mismo de la fuerza necesaria. Porque el cuerpo corruptible es un peso para el alma y el hecho mismo de vivir sobre la tierra deprime la mente agitada por muchos pensamientos (Sb 9, 15). Segurísimo estaba yo de que tus perfecciones invisibles se hicieron, desde la constitución del mundo, visibles a la inteligencia que considera las criaturas y también tu potencia y tu divinidad (Rm 1, 20).

2. Buscando pues un fundamento para apreciar la belleza de los cuerpos tanto en el cielo como sobre la tierra, me peguntaba qué criterio tenía yo para juzgar con integridad las cosas mudables diciendo: “esto debe ser así y aquello no”. Y encontré que por encima de mi mente mudable existe una verdad eterna e inmutable. De este modo y procediendo gradualmente a partir de los cuerpos pasé a la consideración de que existe un alma que siente por medio del cuerpo y esto es el límite de la inteligencia de los animales, que poseen una fuerza interior a la cual los sentidos externos anuncian sobre las cosas de afuera.

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