Libro VIII · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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Me contó, pues, cómo aquel doctísimo anciano, y sapientísimo en todas las ciencias y artes liberales, que había leído tantas obras de filósofos y las había criticado e ilustrado, que había sido maestro de tantos nobles senadores, que por la excelencia de su sabiduría y doctrina mereció y obtuvo que se le erigiese una estatua en la plaza pública de Roma (que es lo más glorioso que hay para los ciudadanos de este mundo), que hasta aquella edad tan avanzada había adorado y venerado los ídolos, y concurrido a celebrar las fiestas y sacrificios sacrílegos, con que casi toda la romana nobleza inspiraba ya entonces y enseñaba a todo el pueblo los monstruos de todos los dioses egipcios, y entre ellos también a Anubis con figura de perro, los cuales en alguna ocasión tomaron las armas contra Neptuno, Venus y Minerva, deidades de Roma; y ella suplicaba ahora a aquellos mismos dioses contra quienes había peleado y a quienes había vencido; que finalmente por espacio de tantos años había defendido todas estas idolatrías con su famosa elocuencia; siendo ya anciano, no se avergonzó de humillarse como un párvulo, para ser marcado por siervo de vuestro Hijo Jesucristo, y renacer como nuevo infante en la fuente del Bautismo, doblando su cuello al yugo de la humildad evangélica, y sujetándose a llevar en su frente la señal de la cruz, tenida antes por oprobio.
4. ¡Oh Señor, Señor, que inclinasteis los cielos y bajasteis a nosotros, que tocasteis los montes y exhalaron humo, con qué modos o de qué manera os insinuasteis en aquel pecho!
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