Libro VIII · Capítulo 3
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
Triunfa un emperador cuando ha vencido; y no venciera si no hubiera peleado; y cuanto mayor fue el peligro en la batalla, tanto es mayor en el triunfo la alegría.
Acomete una tempestad a los navegantes, y al verse amenazados del naufragio, todos se ponen pálidos del miedo de la muerte, que consideran cercana, pero se serena el cielo y se tranquiliza el mar, y todos se regocijan sumamente, porque también sumamente temieron.
Cae enferma una persona amada, y el pulso indica una calentura maligna y peligrosa, con lo cual todos los que desean su salud enferman igualmente, en cuanto a la pena y sentimiento que tienen en su alma. Se halla mejor y fuera de peligro, pero todavía no se ha restablecido ni ha recobrado sus antiguas fuerzas, y ya se alegran mucho más de aquella mejoría que de la salud y robustez que antes gozaba. Aun los mismos deleites comunes y ordinarios de la vida humana los consiguen los hombres mediante algunos disgustos y molestias, no de las imprevistas y que les sobrevienen sin quererlas, sino procuradas y buscadas voluntariamente y de propósito. No hay deleite en el comer y beber, sin que preceda la molestia del hambre y de la sed, y por esto los bebedores de vino comen algunos bocadillos salados, con que se excita una sequedad y ardor molesto, que con beber se apaga, y al apagarse deleita. También es costumbre bien establecida que las mujeres tratadas de casar no las entreguen sus deudos y parientes a los que han de ser sus maridos inmediatamente que se hayan desposado, para que suspirando por ellas algún tiempo mientras son sus esposos, las amen y estimen más cuando maridos.
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