Libro VIII · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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9. ¡Ea, Señor, hacedlo Vos todo, excitadnos y volved a llamarnos, encendednos y arrebatadnos, arded en nosotros y comunicadnos vuestras dulzuras, para que os amemos y corramos tras de Vos!
¿No es cierto que vuelven a Vos muchos que estaban en un abismo de ceguedad más profundo que aquél en que se hallaba Victorino, y se acercan a Vos y son iluminados, recibiendo aquella luz que a los que la reciben les da juntamente potestad para hacerse hijos vuestros? Pero si éstos que se convierten a Vos son poco conocidos en los pueblos, aun aquellos pocos que los conocen reciben menor alegría, porque cuando la alegría es de muchos, viene a ser mayor en cada uno de ellos, porque se la aumentan y comunican mutuamente los unos a los otros. A esto se añade que la conversión de los muy conocidos y famosos es de grande peso y autoridad para que muchos procuren su salvación y vengan también muchos a seguir su ejemplo. Por esto aun aquéllos que los han precedido se alegran mucho con la conversión de semejantes sujetos, porque la alegría que reciben no es por ellos solos, sino por todos los demás que han de imitarlos. No quiero decir con esto que en vuestra casa, Señor, sean más bien recibidas las personas ricas y nobles que las pobres y plebeyas, pues antes bien Vos mismo elegisteis los endebles y flacos del mundo, para confundir a los fuertes y poderosos; y las cosas viles y despreciables de este mundo, y que son como si no fueran, las escogisteis para deshacer con ellas las que son principales en la estimación del mundo.
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