Libro VIII · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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Pero no obstante esta doctrina, el mismo Apóstol, por cuya boca nos enseñasteis estas verdades, el cual se llama a sí mismo el menor de vuestros Apóstoles, teniendo antes el nombre de Saulo, quiso tomar el de Pablo, para blasón y señal de aquella grande victoria que consiguió, cuando con las armas de su predicación venció y domó la soberbia del procónsul Pablo y le redujo a sujetarse al suave yugo de vuestro Hijo, Jesucristo, y a ser fiel vasallo y tributario humilde del Rey de todos los reyes. Porque más vencido queda el enemigo del género humano cuando se le quita uno a quien tenía más poseído y por quien poseía otros muchos; y cuanto más poseídos tiene a los grandes por su orgullo y soberbia, tanto más por el influjo de éstos posee a otros por medio de su ejemplo y autoridad.
Por eso, cuanto más gustosamente se consideraba el estado presente de Victorino, cuya alma había sido antes un castillo inexpugnable de que el demonio se había señoreado y de cuya lengua se había servido como de grande y aguda saeta para matar a muchos, tanto mayores demostraciones de gozo y alegría debían hacer vuestros hijos los fieles, viendo al fuerte aprisionado ya por nuestro Rey poderoso, que después de quitarle los despojos que había hecho y las armas de que se había servido, lo lavó y purificó todo, para que no solamente se pudiese emplear en honor vuestro, sino también ser útil y provechoso para cualquier obra buena.
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