Santos Apóstoles · Kindle

Libro VIII · Capítulo 5

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 4

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10. Luego que vuestro siervo Simpliciano me hizo esta relación de Victorino, me encendí en deseos de seguir su ejemplo, y con este fin me había él referido aquella historia. Pero después que prosiguió diciendo cómo en tiempo del emperador Juliano se promulgó aquella ley rigurosa contra los cristianos, en la cual se les prohibía que enseñasen letras humanas y retórica, y que Victorino, conformándose con dicha ley, quiso más abandonar la cátedra en que enseñaba la elocuencia, que dejar vuestra divina palabra, con que hacéis discretas y elegantes aun las lenguas de los niños que no saben hablar, me pareció que no había sido en esto tan fuerte y valeroso Victorino, como feliz y dichoso por hallar una ocasión tan oportuna para dedicarse únicamente a Vos.

Esto era lo que yo anhelaba y por lo que suspiraba, pero estaba aprisionado no con grillos ni cadenas de hierros exteriores, sino con la dureza y obstinación de mi propia voluntad. El enemigo estaba hecho dueño de mi voluntad y había formado de ella una cadena, con la cual me tenía estrechamente atado. Porque de haberse la voluntad pervertido, pasó a ser apetito desordenado; y de ser éste servido y obedecido, vino a ser costumbre; y no siendo ésta contenida y refrenada, se hizo necesidad como naturaleza. De estos como eslabones unidos entre sí se formó la que llamé cadena, que me tenía estrechado a una dura servidumbre y penosa esclavitud.

Y aquella nueva voluntad que comenzaba yo a tener de serviros graciosamente y gozar de Vos, Dios mío, que sois el único y verdadero gozo, no era bastante fuerte todavía para vencer la otra voluntad primera, que con el tiempo se había hecho robusta y poderosa. Así, estas dos voluntades, una antigua y otra nueva, aquélla carnal, esta otra espiritual, batallaban entre sí, y con discordia disipaban y destruían a mi alma.

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