Libro VIII · Capítulo 5
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 4
12. Así, con la pesada carga de las cosas del mundo me hallaba gustosamente oprimido, como sucede con un pesado sueño; así como los pensamientos con que meditaba en Vos eran semejantes a los esfuerzos que hacen para despertar los que están muy dormidos, que no pudiendo vencer aquella gana vehemente de dormir, vuelven a sumergirse en lo profundo del sueño. Y del mismo modo que no hay hombre alguno que quisiese estar siempre durmiendo, enseñándonos el buen juicio que es mejor velar que dormir, mas esto no obstante, dilata algunas veces el hombre el sacudir el sueño, cuando le tiene rendido, ocupados y entorpecidos sus miembros; y aunque le desagrada dormir tanto y sea llegada la hora de levantarse, vuelve a tomar el sueño con más gusto, así yo estaba muy cierto de que era mejor entregarme a vuestro amor que rendirme a mis deseos y apetitos. Aquello me agradaba, pero sin acabar de vencerme y esto otro tanto me deleitaba, que me ataba.
No tenía verdaderamente qué responderos cuando os dignabais decirme por el Apóstol: Levántate de ese profundo sueño en que te hallas, acaba de salir de entre los muertos y recibirás la luz de Jesucristo. Y como por todas partes me hacíais conocer que todo cuanto me decíais era verdad; convencido de ella no tenía absolutamente qué responder, sino aquellas palabras lentas y soñolientas: Luego al punto, sí, luego al instante: déjame estar otro ratito. Pero este luego no tenía término y el déjame otro ratito iba muy largo.
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