Santos Apóstoles · Kindle

Libro VIII · Capítulo 6

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 6

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14. Un día, pues, estando ausente Nebridio (no me acuerdo por qué causa), vino a nuestra casa, donde estábamos Alipio y yo, un paisano nuestro, porque era natural de África, llamado Ponticiano, sujeto principal y distinguido en palacio. No recuerdo qué era lo que quería de nosotros. Nos sentamos para hablar, y Ponticiano vio, por casualidad, que sobre una mesa de juego que había delante de nosotros había un libro. Lo tomó, lo abrió y halló que eran las cartas de San Pablo, lo que le sorprendió mucho, porque él había pensado que sería alguno de los libros de retórica, cuya profesión me agobiaba y consumía. Entonces él se sonrió hacia mí, mirándome como quien se complacía y me daba la enhorabuena, pero extrañando y admirándose de que cogiéndome desprevenido hubiese encontrado delante de mí aquel libro, y ese único y solo, pues él era fiel cristiano, y muy a menudo acudía a vuestra iglesia, Dios mío, donde postrado ante vuestra divina Majestad, os hacía frecuentes y largas oraciones. Así fue que habiéndole yo dicho que aquellas Escrituras me ocupaban con preferencia a todo otro cuidado, comenzó a hablarnos de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre era famoso y celebrado entre vuestros siervos, aunque hasta entonces había sido ignorado de nosotros. Viendo él que esta especie nos era tan nueva, se detuvo y extendió más en la plática, para hacernos conocer a tan grande hombre, de quien estábamos enteramente ignorantes, admirándose él de esta ignorancia nuestra. Nosotros nos espantábamos oyendo la relación de tantas y tan estupendas maravillas, como acababais de obrar en el gremio de los que profesan la verdadera fe, y dentro de la católica Iglesia, las cuales, además de ser muy probadas y certísimas, estaban tan recientes, que habían sucedido casi en nuestros días. Por eso nos admirábamos a un tiempo nosotros y Ponticiano; nosotros, por ser aquellas cosas tan grandes y extraordinarias; y él, porque eran

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