Santos Apóstoles · Kindle

Libro VIII · Capítulo 8

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

Me retiré, pues, al huerto, siguiéndome Alipio sin apartarse de mí un paso, porque aunque él estuviese conmigo, no me estorbaba para estar solo. ¿Y cómo había de dejarme, viéndome en aquel estado? Nos sentamos lo más lejos que pudimos de la casa y allí bramaba yo, enfurecido e irritado contra mí mismo, reprendiéndome con un enojo inquietísimo el que retardase el ir a abrazarme con Vos, Dios mío, cumpliendo vuestra voluntad y ley, como todos mis sentidos interiores y exteriores, todas mis facultades y potencias me persuadían y clamaban que debía ejecutarlo, elevando hasta el cielo con los mayores elogios esta noble empresa; siendo así que el ir a Vos no había de ser con naves ni carrozas, ni siquiera había que andar tan pocos pasos como los que habíamos dado desde la casa hasta el paraje en que estábamos. Porque no sólo para ir caminando hacia Vos, sino también para llegar a Vos, bastaba solamente el querer ir, siendo un querer perfecto y eficaz, y no una voluntad mudable y achacosa, que de una parte a otra anda variando agitada y sin firmeza, cuyas partes inferior y superior están desavenidas y luchando una con otra.

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