Libro VIII · Capítulo 8
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
19. Entonces en medio de aquella gran contienda que en lo más íntimo de mi corazón había yo excitado y sostenido fuertemente con mi alma, lleno de turbación, así en el ánimo como en el rostro, me volví hacia Alipio atropelladamente, y exclamé diciendo: ¿Qué es esto que pasa con nosotros?, ¿qué es lo que nos sucede?, ¿qué es esto que has oído? Se levantan de la tierra los indoctos y se apoderan del cielo, ¿y nosotros, con todas nuestras doctrinas, sin juicio ni cordura, nos estamos revolcando en el cieno de la carne y sangre? ¿Por ventura nos da vergüenza seguirlos, porque ellos van delante de nosotros? ¿Y no tendremos vergüenza siquiera de no seguirlos?
Dije no sé qué otras cosas de este modo, y arrebatado del ímpetu de mi interior congoja me aparté de Alipio, que sin hablarme palabra, atónito y espantado, me miraba, ya porque no hablaba yo las cosas que solía, ya porque echaba él de ver que con mi semblante, con las mejillas, con los ojos, con el color, con el tono de la voz, explicaba yo más bien el estado de mi alma que con las palabras y sentencias que decía.
Había un pequeño huerto en la posada donde estábamos, del cual como también de toda la casa usábamos libremente, porque nuestro huésped y dueño no habitaba en ella. A este huerto me condujo el desasosiego de mi corazón, para que nadie impidiese la encendida guerra que contra mí mismo había yo comenzado, hasta que se acabase del modo que sólo Vos sabíais, pues yo mismo lo ignoraba, y no hacía más que enloquecerme con una locura que me era saludable, y padecer las ansias de una muerte que me daba la vida, conociendo solamente lo que en mí había de malo e ignorando lo que de allí a poco había de tener de bueno.
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