Santos Apóstoles · Kindle

Libro VIII · Capítulo 10

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 5

Letra pequeñaMedianaGrande

Cuando yo trataba de resolverme a servir a mi Dios y Señor como mucho tiempo había pensado, yo era el que quería y yo era el que no quería; yo mismo, yo mismo era; pero ni del todo quería, ni del todo no quería; así peleaba contra mí mismo, y a mí mismo me deshacía y destruía. Bien cierto es que esta disposición y destrucción se hacía contra mi voluntad, pero esto no prueba que había en mí otra naturaleza de alma enemiga, sino que muestra claramente que aquella división era pena y castigo que mi alma padecía. Así, no era yo el que causaba aquella destrucción y pena mía, sino el pecado que habitaba en mí, para castigo de otro pecado cometido más libremente, del que yo participaba por ser hijo de Adán.

23. Porque si hubiera en nosotros tantas naturalezas contrarias, como hay voluntades opuestas, ya no serían precisamente dos naturalezas, sino muchas más. Supongamos que estuviese uno dudando si asistiría a una junta que tenían los maniqueos, o si iría al teatro, en cuyo lance clamarían ellos, diciendo: Ved ahí claramente dos naturalezas contrarias: la una buena, que lleva al hombre a lo bueno; y la otra mala, que le lleva a lo malo. Porque si no, ¿de dónde puede nacer esta detención del hombre para escoger entre estas dos voluntades contrarias? Pero yo respondo que son malas ambas voluntades, ya sea la que guiara a sus juntas y conciliábulos, ya sea la que llevara al teatro, aunque ellos están persuadidos de que no puede dejar de ser buena la voluntad que nos lleva y guía hacia ellos.

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