Libro VIII · Capítulo 11
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 4
27. Pero esto me lo decía ya con gran tibieza, porque por aquella misma parte hacia donde tenía puesta mi atención y adonde me daba miedo el pasar, se me descubría la excelente virtud de la continencia, que se me representaba con un rostro sereno, majestuoso y alegre, con cuya gravedad y compostura honestamente me halagaba para que llegase adonde ella estaba y desechase enteramente todas las dudas que me detenían; además de esto extendía sus piadosos brazos para abrazarme y recibirme en su seno, lleno de una gran multitud de todos los continentes, con cuyo ejemplo me alentaba. Allí había innumerables personas de diferentes edades; allí una multitud de mozos y doncellas; allí otros muchísimos de mayor edad, venerables viudas y vírgenes ya ancianas; pero en todas estas innumerables personas no era la continencia y castidad estéril, antes bien era fecunda y abundante en alegrías y gozos espirituales, nacidos de teneros a Vos por esposo. Y la continencia, como burlándose de mí con una risa graciosa que convidaba a seguirla, parece que me decía: Pues qué, ¿no has de poder tú lo que han podido y pueden todos éstos y éstas? ¿Por ventura lo que éstos y éstas pueden, lo pueden por sus propias fuerzas o por las que la gracia de su Dios y Señor les ha comunicado? Su Dios y Señor les dio continencia, pues yo soy dádiva suya. ¿Para qué te apoyas en tus propias fuerzas, si ésas no te pueden sostener ni darte firmeza alguna? Arrójate con confianza en los brazos del Señor, y no temas, que no se apartará para dejarte caer. Arrójate seguro y confiado, que Él te recibirá en sus brazos y te sanará de todos tus males.
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