Libro IX · Capítulo 1
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 2
¡Oh, cuán dulce y gustoso se me hizo repentinamente el carecer de unos deleites que no eran más que simplezas y vanidades! Pues si antes me daba susto el perderlas, después me daba gusto el dejarlas. Porque Vos, Señor, que sois la verdadera y suma delicia, las echabais fuera de mi alma; y no solamente las echabais fuera, sino que en su lugar entrabais Vos, que sois dulzura soberana y superior a todos los deleites, aunque imperceptible por los sentidos de la carne y de la sangre; entrabais Vos, que sois más claro, hermoso y transparente que toda luz, aunque más escondido y secreto que todo cuanto hay secreto y escondido; entrabais Vos, que sois más excelso, sublime y elevado que todos los honores, aunque no para aquéllos que se tienen por grandes en sí mismos.
Ya mi alma se veía libre de los cuidados que causa la ambición de las dignidades, la codicia de los intereses, el deseo de saciar sus apetitos y de hallar medios con que avivarlos y excitarlos a los deleites sensuales; y sólo me gustaba hablar de Vos, que sois mi gloria, mis riquezas, mi salud, mi Dios y mi Señor.
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