Libro IX · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 4
4. Fuera de que también en aquel mismo verano experimentaba que el pulmón se me había comenzado a fatigar y ceder a mi excesiva aplicación y trabajo; con la difícil respiración y dolores del pecho significaba estar algo lastimado, por manera que no me dejaba hablar en voz alta ni por mucho tiempo. Eso al principio me dio algún cuidado, viéndome casi obligado ya por necesidad a dejar la carga de enseñar la retórica, o a lo menos a interrumpir por algún tiempo la enseñanza, mientras procurase curarme y convalecer. Pero bien sabéis, Dios mío, que luego que en mi corazón nació y se confirmó aquel deseo de dejarlo todo y entregarme únicamente a Vos y a meditar que Vos sois mi Dios y mi Señor, comencé también a alegrarme, por tener esta excusa verdadera con que templar el sentimiento de los hombres, que por el amor de sus hijos no querían que yo me viese nunca libre de la obligación y cargo de enseñarlos.
Lleno, pues, de esta alegría, iba aguantando aquel espacio de tiempo, hasta que se acabase de pasar, que no sé si eran veinte días cabales los que faltaban; pero los toleré constantemente, pues aunque ya me había dejado la codicia, que era la que me ayudaba a llevar aquel pesado empleo, sucedió la paciencia en su lugar a darme fuerzas para que el peso no me oprimiese enteramente llevándolo yo solo.
Puede ser que algunos de vuestros siervos y hermanos míos digan que hice mal y pequé en aguardar aquel poco tiempo, que teniendo ya mi corazón lleno de deseos y determinaciones de seguir la milicia cristiana, no debía haber permanecido ni estar sentado siquiera por una hora en la cátedra de la mentira.
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