Libro IX · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 4
3. Las saetas de vuestro amor y caridad habían traspasado ya mi corazón, y tenía atravesadas vuestras palabras en lo íntimo de mi alma; además de eso, los ejemplos de vuestros fervorosos siervos, que vuestra gracia había hecho pasar de las tinieblas a la luz y de la muerte a la vida, reunidos todos en el seno de mi memoria e imaginación, eran como unas brasas encendidas que quemaban y consumían todo el material pasado de los afectos terrenos, para que su gravedad no me arrastrase a las cosas de este mundo: ardía ya en mi corazón tan activo fuego, que cualquier aire de contradicción que saliese de semejantes bocas y lenguas engañosas más pudiera servir para avivarlo que para extinguirlo.
Por otra parte, siendo la santidad de vuestro nombre tan conocida y alabada en todo el mundo, es cierto que aquel buen deseo y determinación que habíamos tomado, tendría también muchos que lo alabasen y aplaudiesen: así podría parecer especie de jactancia no aguardar aquel poco tiempo que faltaba para las vacaciones, sino antes de que llegasen, renunciar a la cátedra y retirarme enteramente de aquella mi profesión de retórica, que era pública y patente a los ojos de todos. Esto sería llamar la atención de los que vieran el hecho de mi renuncia y dimisión, dándoles motivo para que hablasen mil cosas y dijesen que determinadamente lo había anticipado a las vacaciones, que estaban tan próximas, para que se hablase de mí y fuese reputado por persona de provecho o por un grande hombre. ¿Y qué necesidad tenía yo de darles motivo de hablar así, de que se pensase de mí con variedad, de que se disputase sobre mi intención y se hablase mucho y mal de nuestro bien?
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